domingo, 28 de diciembre de 2025

Meiga #4


 Sus dedos huesudos se hundieron en mí; era el dolor más angustiante que había experimentado en mi vida. Mi pecho enloquecía, quería respirar, pero no podía. En mis ojos se dibujaba la plegaria nebulosa de no querer irme.

 Mis gritos eran desgarradores. Mi caballo daba vueltas sobre sí mismo; quería huir, pero su fidelidad era tan férrea que no podía. Ante tal visión, cruda y fría, no se fue, pero el pánico de tanta crueldad lo atrapó en un bucle, sobre todo al escuchar mi voz. La garganta se me rompía; los crujidos de mi cuerpo eran caóticos, pues aquel ser del inframundo me sujetó con una sola mano y levantó todo mi ser: una figura de casi dos metros de alto, un hombre fuerte en armadura, él, más alto y poderoso que yo, menos terrenal, antiguo de lo antiguo, no vivo.

 El cuervo volaba sin cesar, graznaba y gritaba; en sus ojos negros podía sentir el pánico, como si él también fuera a morir.

 El viento comenzó a rugir de nuevo, y el ser, levantando su bastón frente a mí, pronunciaba palabras con una voz tan profunda y macabra que retumbaba en lo que quedaba de mi mente. Con ese bastón empujaba mi alma a salir, mientras mi cuerpo se torsionaba crujiendo. Las escleróticas se voltearon hasta mostrar todo su blancor. Fue entonces cuando el ave se posó en el hombro derecho del hombre y me miró ansiosa. Con las piernas giradas y los brazos descolocados y sangrando, mi interior se mostró: una luz clara, amarillenta, tan excepcional que daba miedo.

 Mi corcel se detuvo en seco, observando la escena de mi adiós. El cuervo, sin embargo, fue agarrado por el cuello por la figura que me había dejado caer al suelo. Lo miró fijamente con una sonrisa diabólica y lo retorció hasta matarlo; la hemoglobina brotaba por su negro y afilado pico. Mi cuerpo vacío seguía escuchando; podía distinguir la voz dulce de una mujer debajo de la voz de aquella bestia infernal, palabras ritualizadas, inconexas y potentes.

 El encapuchado bebió de la sangre del cuervo y agarró mi alma mientras pronunciaba algo. Escupió en la bola de luz el carmín de la muerte y se agachó frente a mí, colocando la luz de lo que fue mi vida sobre mi pecho. El viento cesó, y de nuevo mi cuerpo comenzó a crujir. La criatura dio unos pasos atrás, pues mi elevación fue estrepitosamente instantánea, vehemente y rabiosa. Con los brazos en cruz y los ojos inyectados de ira, regresaba a la vida: más fuerte, más grande, menos yo. Era una fusión de otro mundo, místico y macabro, una aberración lista para la futura venganza.

 Mis alaridos eran de dolor, y graznaba en una escena simbiótica. Teriántropo era; aquel ser había sido enviado por alguna energía superior. Era muerte y vida, ultratumba en su hedor, y me había ayudado. Yo debía darle algo a cambio, algún tipo de pago.


 En mi nueva fortaleza, con cabello largo y barba espesa, desnudo bajo la mirada fascinada de mi corcel, pude mirar a las cuencas de ese ser: un hombre pútrido que se deshacía a trozos, con encías verdes de infección necrótica, piel roída por ratas, huesos mostrando su descomposición. Su edad era la de los antepasados que aún me observaban desde las estrellas.


"Elva R." ©️ 2025

Traición

 Cruzaremos las aguas heladas del noveno círculo, profundo y temeroso; oscuridad penetrante que devora la deslealtad y la traición. El lago Cocito, frío corazón de alma pétrea y pecadora. No hay perdón para el Judas que vende su amor por calor, por validación.


 La felonía es el acto más putrefacto del ser humano: es cuando deja de serlo para converger en monstruo, cuando su ánima queda expuesta en un valor atribuido y una valía escasa. No hay círculo que pueda comerse en castigo dicho acto.

En el centro, aquel diablo de tres caras juzgando la deslealtad. Ese es el precio a pagar.

Da igual si has sido Caína y el agua helada te llega hasta el cuello por haber traicionado a tu familia, o si eres Judeca por traicionar a Dios y a sus benefactores: el agua gélida nunca podrá cubrir completamente tus hechos, aunque te encuentres sumergido pagando condena.

Tus lágrimas se congelarán y te dolerán como dolieron tus huéspedes…

Has llegado al noveno círculo, donde la humanidad se pierde y el corazón se quebranta; donde los lazos sagrados se desgarran, congelando el alma sin contemplación.

 Tres rostros conocidos, comiendo a la vez en el deseo lujurioso de la carne, donde el sentimiento deja de ser.

 Nueve es tu condena: no poder sentir ni amar.
Nueve es tu culpa: el agua de hielo que te atormenta y que no puedes tocar.
Es el miedo de tu desesperanza, atravesando en la barca de tu adiós un destino cierto que, incierto en tu mente, gira sin encontrar solución.

¡Mentira! ¡Muerta en vida!

¡Mentira! ¡No hay salida!

La lealtad sacra, violada en su monstruosidad, ensangrentada de traición.

¡Dolor! Infierno hambriento de tu culpa, devorándote el interior.


 Nueve es el número de este final: círculo donde te ahogas de frío o te comen.

¡Justicia divina infernal!

 En un reloj de bolsillo que gira, las horas no callarán.


 Cruzaremos las aguas heladas del pecado, mientras yo espero mi recompensa por haberte llevado, contemplando con mis propios ojos el horror de tu fin tan anhelado, traidor vendido y comprado, por eso mismo entregado y castigado.


"Elva Raven" Copyright 2025

sábado, 27 de diciembre de 2025

Meiga 3#

 

 El viento comenzó a rugir, impetuoso en su enfado, mientras algo —o alguien— se acercaba hacia mí. Mi corcel, temeroso, comenzó a temblar, pero no me dejaba solo; había quedado claro que su lealtad era absoluta. Mis ojos se abrieron, nebulosa visión inefable: me sentía cansado, extraño, y había perdido mucha sangre. Notaba su sabor en mi boca. No sabía si seguía vivo o ya estaba muerto; solo podía comprobar cómo algo poderoso venía a mi encuentro.

 El cuervo comenzó a aletear, pavoroso ante la presencia de la figura cubierta con un gugel marrón oscuro, deshilachado. Se vislumbraba la forma masculina de un cuerpo marcado, no por músculo sino por huesos. No era joven; la pesadez de sus pasos delataba la vejez que lo consumía, pero su presencia era fuerte, vehemente, omnipotente.


 Se detuvo frente a mí y dejó caer algo que parecía un bastón grueso; se apoyaba en él para caminar. Pude oler su hedor a ultratumba: no era algo vivo, sino energético y putrefacto. Su respiración, entrecortada y ronca, resultaba un espanto para mis oídos. Sin embargo, yo permanecía allí, inmóvil, con la melena cubierta de nieve y hemoglobina, mientras aquel ser me observaba.

 El céfiro cesó. Los copos dejaron de caer. Todo se detuvo ante su mirada. No pude verle el rostro, pero sí pude sentirlo: el frío de sus huesos rozó mi cara, y un rugido abrupto escapó de mis costillas, llevándose el alma. Aun así, en esa mística expresión de la muerte, escuché la voz de una mujer: era ella, la dueña de mi querer.


"Elva R." ©️ 2025

jueves, 25 de diciembre de 2025

Meiga #2

 El caballo no se fue; su lealtad fue íntegra hasta el último momento. Él sentía cómo su blancura se manchaba de mi vida en muerte, cómo el rojo de mi sangre recorría su cuerpo abandonando el mío.


 Vi, en mi agónica plegaria, el rostro de mi amada: sus ojos inyectados de rabia, negación del adiós que en su energía sentía. Era fuerte, llena de incertidumbre y lucha. Y fue ahí donde me quedó claro que su hechizo vendría hacia mí para hacerme eterno. Sin saberlo, me estaba condenando al sentimiento perpetuo; sin saberlo, me estaba atrapando en un cuerpo que no era mío. Pero su amor era tan egoísta en su dolor que pensaba que mi ida partiría en dos su corazón, y así fue cuando fenecí, despertando de un sueño.

 Mi corcel bajó sus patas, acomodándose para no hacerme daño en mi inminente caída. Yo me deslicé como pude, agarré su hocico, besé su mirada llorosa de despedida y le di las gracias por tanto. Se quedó: estuvo a mi lado, dándome calor en mi final, final que tan sólo era un comienzo.


 La nieve seguía cayendo, esplendorosa. Yo  miraba al cielo; mis ojos estaban entrecerrados. Podía ver los de mi amada sumidos en llanto y, de repente, vi el pico de un cuervo. Era un cuervo grande, con alas negras azuladas en tornasol. La viveza de su rostro, la astucia de cómo me observaba. Pensé que iba a comer mis globos oculares, sin embargo, tan sólo 


 ahí estaba, esperando.

Comencé a convulsionar y a vomitar sangre. Él no se movía. Mi caballo hacía ruidos, pero no me abandonaba. Y en mi visión podía vislumbrar una mezcla de los ojos de mi dama y los del cuervo que de mí se apiadaba. Entendí que era algo de ella… algo en lo que yo no mandaba. Y así fue como desperté, sin saber nada.


"Elva Raven" Copyright 2025

lunes, 15 de diciembre de 2025

Tarot

 

 Me hallo sentada,cierro los ojos mientras sujeto un mazo de cartas de tarot, mis piernas se encuentran abiertas para no bloquear energías, dejando que fluyan mientras me concentro e inicio a visualizar; las imágenes son inconexas, las vibraciones densas, las cartas piden hablar.

 Abro los ojos, comienzan a caer intuitivamente, es una tirada libre; el tarot da su mensaje, mi cerebro plasma e interpreta símbolos: estudio, intuición y experiencia, canalización y don, todo entremezclado, leyendo la intención.

 Cada significado es individual y bilateral; es una conexión única e inefable, cada carta cuenta una situación, y juntas,


engloban su exploración: una historia que coge forma, un significado que avisa, aconseja e informa.

 La mente es tan poderosa... En cada figura puedo ver colores y formas, personas, paisajes, instantes, sentir en la distancia, poder tocar de manera etérea las ideas ajenas, sentimientos, sensaciones, es todo críptico en su misticismo.

 Capto el contenido; lo analizo desde diferentes ángulos y lo acoplo en el destino.

 Puedo notar lo que transmites, sentirte, miro la veladora que acompaña mi camino y doy las gracias por el poder adquirido, por todo lo leído y me despido en una triada de gratitud.

 "Elva R." ©️ 2025



 

lunes, 8 de diciembre de 2025

Meiga

 

 Iba yo montado en mi corcel blanco como la nieve, la que caía en ese atardecer, gélido destino, baja la guardia, visera abierta, cansado de luchar.

 El silencio era sonido en mis oídos; paz sumergida en mi añoranza, la de volver a ver esos ojos grises, hielo que mi candor derretía.

 Me esperaba un camino largo y pedregoso, ya era costumbre; la victoria y la ilusión envolvían mi ser, era fuerte en esencia, pero no era consciente de la magnitud de ésta. Había salido ileso de la batalla, había decidido abandonarla y emprender mi camino en solitario, bifurcación de pensamientos que deseaban abrazar el cuerpo voluptuoso y solemne de mi dama; vestida de piel de plata, terciopelo en luna hecha mujer, sensualidad desatada en pecado de amor lujurioso, que me hacía enloquecer.

 Eran dos meses sin saber de ella, sin escuchar su cálida y armoniosa voz, la deseaba en mi flaqueza, había perdido la razón, necesitando como el beber agua, su fuente de salvación; era mi lecho seguro, la dulzura de un olvido de dolor, era futuro, una Diosa de creación.

 Rememoraba nuestros encuentros en el conticinio, escondidos de nuestros secretos, dando rienda a la culminación del deseo; su melena ondulada y castaña se fundía con la mía, lisa y azabache, su cuerpo curvilíneo llamaba al mío, fuerte, masculino, y nuestras miradas... Aquella mujer era una hechicera en todo sentido; el gris de su iris mezclado con ámbar, penetrante, se adueñaba de mi azul brillante. Yo sabía lo que era ella, ella sabía que yo había caído en su hechizo de mujer poderosa, pues escuchaba en su pecho la voz recitante de ensalmo, el que llegaba a curar mi alma.

 En la lejanía de nuestras figuras podíamos sentirnos, era un hilo invisible e inefable, que nos unía en mente, pues era capaz de escuchar sus emociones y ella las mías; nos encontrábamos unidos de un modo místico y único.

  Entre mis divagaciones internas, hablaba a mi caballo, yo sabía que él me entendía, y justamente cuando iba a volver a articular palabra... Sentí cómo algo había atravesado el gorjal. La sangre brotaba lentamente, derramada en carmín hacia mi peto, llegando al corcel, manchando el blancor con mi muerte. 

 Vi sus ojos impregnados en mis pupilas...


 "Elva R." ©️ 2025

viernes, 5 de diciembre de 2025

Yo te espero, madre

 

 Contemplo cómo tu rostro se apaga al mirar mi foto; esos ojos marrones que una vez brillaron por mí, hoy, sin embargo, la ausencia corporea de mi ser te desgarra, en lo más profundo, en los resquicios más recónditos de tu abismo.

 Es un sonido triste, sumido en un lírico canto entre sollozos, tan hondo, que hasta tus cabellos rubios se impregnan de esta oscuridad, ese sentimiento de anhelo en la rememoración, esas preguntas que nunca se podrán responder.

 Miro como aprietas mi retrato contra tu pecho de madre afligida, es inefable lo que llega a tu corazón, roto en mil pedazos, sin capacidad de recomposición.

 Te esperaré en el tiempo; dónde las palabras vuelan al compás del recuerdo;


donde mis ojos, ahora etéreos siempre te acompañarán, madre, sé que me fui pronto, pero mi alma es libre, aunque la tuya esté encarcelada entre barrotes de dolor, sé, que algún día, obtendré tu perdón, porque no me fui sin razón.

 En tus arrugas compruebo que cada vez queda menos para que nos fundamos en un abrazo eterno, madre, lucha, que yo te espero en el infinito de mi desvelo.


"Para todas aquellas madres que han perdido una parte de sus entrañas, os entiendo".

"A mi madre".


"Elva R."

martes, 2 de diciembre de 2025

Sentimiento profundo

 


 Y de repente, tú; apareces en la línea de tiempo dónde se hallan las miradas, conectando aquello que se encuentra sin buscarse.

 Más allá del deseo, en un sentimiento profundo y férreo, almas que se llaman a la entrega de lo que no se puede explicar; desnudándose en palabras y tacto.

 En lo más íntimo, la ilusión, vívida, en color; manos entrelazadas, pieles que se delatan, creando algo único y bonito, el amor.

 Y de repente, tú, esperanza azul entre tanto negro, en tus brazos fuertes mi desvelo, en tus labios mi sueño, en tus ojos mis pupilas sumergidas en tu fantasía.

 Y de repente, tú...


"Elva R." 

 


Carrusel

 Era un carrusel antiguo, de madera, de color negro, donde giraban al ritmo de una melodía unos caballos azabaches. En la noche, uno de los ...