Contemplo un mundo que no me pertenece, que me hace sentir extraña, excluyéndome por mi desemejanza.
Observo cómo la gente no sonríe, cómo finge ser lo que no es tan sólo
por formar parte de un sistema gregario que dicta qué hacer y cómo pensar. Sus rostros se hallan perdidos en una espiral que no conduce a ninguna parte, salvo al sufrimiento y a la conformidad.Decía Carl Gustav Jung: «Todos llevamos una sombra, y cuanto menos se manifieste en la vida consciente del individuo, más negra y densa será». Yo, sin embargo, compruebo cómo una gran mayoría evita su oscuridad y no se permite ser, por temor; porque la transformación y el atrevimiento de pensar por uno mismo constituyen un acto tan revolucionario que quien lo ejerce es vejado, maltratado, humillado y exhortado.
Quienes miran su yo más lóbrego son aquellos que no tienen miedo la soledad; no obstante, se sienten incómodos dentro de una masa cíclica y absurda que daña.
Contemplo una sociedad repleta de carencias y, por lo tanto, de apariencias: todos intentando ser protagonistas mientras hacen y repiten lo mismo, caminando al unísono bajo las órdenes de los gobernantes de turno o de influencias e ideologías dogmáticas que dejan muy claro su sesgo conductual. Prejuicios, adoctrinamiento, máscaras y dolor.
No mirar hacia el interior es el error de quienes se quedan en la superficialidad, que no es otra cosa que la nada.

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