Desapareció, la perdí entre los coches. Mi rabia estalló, me frustra muchísimo no poder conseguir lo que deseo y a ella la deseaba, tenía que conseguir establecer contacto con ella, fuere como fuere.
Estuve unos instantes dilucidando qué hacer al respecto y me fui para casa en mi Seat Ibiza del año 2003. Un coche plateado que me negaba a cambiar, yo cuando me aferro a algo es para siempre.
Llegué a casa y me recibió mi perro muy contento, aunque le costaba moverse porque era anciano. Era un yorkshire de doce años llamado Odi.
No vivía solo, mi madre enferma era mi compañera, la estaba cuidando a cambio de quedarme en su casa, pues no tenía dónde caerme muerto. No había construido nada a lo largo de mi vida. No había ahorrado, había vivido con varias mujeres y siempre había terminado mal, aunque ellas nunca me podían olvidar; esa era la idea, crear una dependencia para siempre y por si me apetecía regresar al no encontrar un suplemento mejor. Aquí yo las seleccionaba por tipos de jerarquías; combustibles primarios; esas eran las que destacaban en belleza y estatus, las que eran fuertes y especiales, me costaba más trabajo llegar a ellas, pero merecía enormemente la pena. No me podía permitir perder a una mujer así, eran ellas las que me descartaban a mí y en mi profundo dolor inefable, tenía que buscar las que para mí eran suministro puente o de transición. Esas eran las de acceso fácil, las traumadas y necesitadas, las que tenían complejos o un pasado caótico. A mí me servían para regularme; eran instrumentos que me subían el ego y me ayudaban a poder sobrellevar el dolor por haber sido dejado por una mujer importante. También me servían para triangular a las combustibles primarios, solían reaccionar y haber broncas o reclamos, por eso siempre estaban presentes en mi vida; yo era el dueño de sus mentes, de la dopamina que alimentaba nuestro ciclo, un círculo vicioso inagotable hasta que yo decidiera si merecía la pena seguir así. Si el esfuerzo era superior al beneficio no lo podía permitir, me agotaba enormemente y decidía salir definitivamente de ahí.
Reconozco que fui muy promiscuo, siempre lo he sido. Necesito sentirme deseado, eso me ha traído problemas. Una vez una mujer con la que me acosté un par de veces inventó un embarazo para que no la dejase, yo simplemente la había utilizado, y sí, todas mis relaciones íntimas eran sin precaución, yo no sentía temor a nada, no era consciente de los peligros que eso acarreaba y esas mujeres tan sólo eran desechadas o guardadas como trofeos en mi vitrina.
El alcohol y las drogas formaban parte de mí, había sido adicto y no me sentía orgulloso de nada, sentía una pena vacua que no me dejaba vivir. Era una vergüenza agónica, que necesitaba tapar y sin darme cuenta creaba nuevos círculos tóxicos y viciosos, porque yo no podía cortar el mío.
Sabía que era débil. Mi personaje estaba muy estudiado y estructurado, pero con el trascurso de los años me sentía cada vez más cansado y me costaba conseguir a mujeres que merecieran la pena. Y así había dado con Maricruz, una mujer a la que se la había cepillado medio pueblo y era muy deseada, hasta mi hermano se había acostado con ella hacia unos años atrás, pero como yo no tengo escrúpulos, me daba igual, de hecho nos reíamos. Sí, yo me reía de la gente y para mí el respeto era simplemente una palabra y algo que merecía yo y nadie más.
Maricruz fue un suministro puente, una transición. Tenía el cabello largo castaño, ojos verdes y el pecho operado, bótox en los labios y era delgada, muy delgada. No tenía trabajo estable, era divorciada y madre, había tenido diversas relaciones y se drogaba. Simplemente era lo que había podido conseguir tras mi última ruptura y evidentemente, ya estaba en paralelo con ella mientras veía como mi relación terminaba, yo no podía permitirme estar solo; eso me angustiaba. Maricruz era siete años mayor que yo, me daba igual esa diferencia de edad, era deseada por muchos y yo pensaba que me había llevado un trofeo, y bueno, tenía casa propia, yo vivía con ella en intervalos de tiempo, pues las idas y venidas eran constantes, por eso ahora estaba con mi madre de nuevo.
Dios, no podía dejar de pensar en Elara.
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