Fue plantada en la noche mágica de San Juan, cual diablo custodio protegía su misticismo donde la mezcla con la realidad y lo mágico tapaba los sexos de la historia.
La luna llena la arropaba con su luminiscencia dándole el calor de lo cíclico y esotérico en aquelarre silencioso como su esencia; un fruto que no era fruto, sino una inflorescencia. Y con esplendor se elevó hasta madurar y dar vida de su vida.
Dio sombra y brindó alimento a pájaros e insectos, puntual en su renacer constante, magnificencia de su elevada estructura. Siempre fértil y placentera en su polinización con la avispa de los higos.
Dícese de un crepúsculo hermoso en su aniversario misterioso el brote de una flor única y hermosa, enigmática en su presencia sin presencia, que una dama de cabellos largos y rubios la sustrajo y quedó tan hechizada que de una parada cardíaca fenecida la halló su amado a la mañana siguiente. La flor no estaba, la higuera lloraba en su maldición cadente de beldad infinita, uniendo los dos mundos de aquello visible e invisible.
El amado con rabia la cortó y envenenó para que no creciera más en su secreto.
Pasaron cinco años y el árbol mágico no había crecido, sin embargo, en un día sin rumbo apareció una mujer de cabello oscuro y ondulado, piel blanca de elegancia en rasgos profundos y dulces, sensual en sus formas fértiles como lo que estaba plantando, un árbol de Judea de hermosa estructura y flores fucsias crecientes en el mismo tronco con hojas en forma de corazón.
Pasaron los días y lejos de crecer se estaba marchitando. La mujer de ojos verdes, no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Era como si algo estuviera impidiendo que eso sucediera y recordó que su abuela le contó que su hermano, tío abuelo de la joven de 23 años, había plantado en la noche de San Juan una higuera, pero ya no estaba... Ella la había conocido de niña enfrentado la muerte de su sombra al dormir debajo de esta, sentía una conexión única y sinérgica, sin embargo, no, no estaba.
En el trascurso de las semanas el árbol de Judea desapareció, y se veían nuevos brotes apoyados a él, era la higuera que volvía a renacer, con fuerza, se había alimentado del ejemplar único hasta matarlo para de nuevo alzarse, pues en el infierno crecieron sus raíces.
Pasaron los años y la mujer había madurado junto a la higuera de su sangre, teniendo el permiso del custodio para contemplar la flor bruja porque ambas eran una.
“El árbol que desea crecer hasta el cielo debe primero lanzar sus raíces en el infierno."
Friedrich Nietzsche
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