Llevábamos veinte años juntos, habíamos pasado toda nuestra adolescencia y primera juventud compartiendo nuestra vida. Era un amor de los de verdad. La pasión seguía erizando nuestra piel, éramos uno, un puzzle perfecto. Yo la abrazaba a ella, ella me abrazaba a mí. Teníamos citas casi todas las semanas. No teníamos hijos, el destino lo quiso así, tras tres abortos y años de lucha, nos rendimos, me rendí. El problema no era de ninguno, quizás estrés.
Decidimos vivir, cuidarnos mutuamente como habíamos hecho siempre. El último aborto fue traumático para ella, para mí también, la vi fenecer en mis brazos en un sueño macabro, contemplando como una infección se comía todo. Estuvo ingresada en el hospital, ahí, me prometí a mí mismo, no volverle hacer daño nunca más.
Me sentía culpable, si no hubiese estado embarazada no habría tenido que pasar por aquel trance.
En mis sueños, tocaba su sangre pútrida, y un feto envuelto en un líquido viscoso de color verdoso y amarillento donde nacía la muerte misma en un hedor indescriptible y fuerte, inundando los pulmones con su corrosión.
Habían transcurrido tres años y nos encontrábamos en la plenitud de nuestra adultez y nuestra relación. Era tan hermosa... Sus cabellos ondeaban buscando mi tacto, castaños en encanto, mientras su piel yacía en una beldad de porcelana que era alumbrada por unos labios carnosos y bien dibujados vestidos de rojo carmín. Cuando miraba sus ojos, grandes y alargados, felinos e hipnóticos en su gris, me ahogaba de sensaciones inefables, era plata su atrayente iris, el cual quería hacer mío eternamente, pues etérea era su belleza, tan frágil y fuerte.
Esa noche fundimos nuestros cuerpos en uno, bailando al compás de nuestros corazones sumergidos en placer, yo penetrando sus sentidos, ella regalándome su guitarra para ser tocada por mis manos, turgencia en su seno de mujer placentera, fuerte mi masculinidad que la deseaba con vehemencia.
Tras el clímax quedamos dormidos, y fue en mi despertar cuando sentí que era el hombre más afortunado del mundo al observarla a mi lado.
Despertó y me miró, sonrió y esa mueca me desestabilizó, sentía que veía su cuerpo, pero ese gesto hizo saltar una alarma, Melina no haría nunca eso, era dulce y esta vez había generado en mí la incertidumbre.
Me besó y sentí mi carne helarse. La agarré de la cara y en su sorpresa mi sorpresa, no era mi esposa, alguien se había apoderado de ella.
La inquietud se apoderó de mis sentidos, tenía miedo, un pánico que me helaba en sudor. Respiración agitada, tembloroso en temeridad reconocía el cuerpo, pero no el alma.
La agarré del cuello y apreté con fuerza, era mi ira la que quería destruir al impostor que había robado su cuerpo, no era ella, no era ella... Y así, terminé con su vida.
La culpa era mía.
"Elva R." Fluir de conciencia, copyright 2025






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