domingo, 1 de febrero de 2026

Hombre B #3

 Estaba ahí, mirando tarots. Sus manos eran finas y tenía las uñas pintadas de rojo, como sus labios. Podía percibir el olor de su perfume, dulce y atrayente, tal como parecía ser ella.

 Me llamó mucho la atención que estuviera en una tienda esotérica observando tarots. ¿Era tarotista? No lo sé. Lo que sí percibía en ella era un misticismo que me envolvía.

 Agarró un tarot y se dirigió a pagar; tuvo que pasar por mi lado. Sus ojos de joya se cruzaron con los míos: eran potentes, penetrables; sentías como te atravesaban y te desnudaban el alma. No pude aguantar la mirada.

 —He visto que no tenéis un oráculo que ando buscando, ¿me lo podéis pedir? —dijo ella con una voz endulzada en beldad.

—Sí, no hay problema, podemos traerlo. Dime tu número de teléfono para avisarte y tu nombre; te llamaremos en unos tres días —respondió la dependienta—.

 Su nombre: Elara Noctis. Tan misterioso como ella. Pude memorizar su teléfono; no podía dejarla escapar así, sin más. Tenía que hacer por conocerla.

 Yo había adquirido una vela negra, sólo por coger algo y ponerme a su lado. Ella me miró, parecía extrañada, o al menos esa impresión me dio. No dijo nada, pero nuestras miradas se volvieron a cruzar. Me ponía nervioso y me costaba disimularlo: Estoy acostumbrado a ocultar emociones, forma parte de mí; mi sistema no puede mostrarse. Mi vulnerabilidad es mía, y si la muestro, es para crear vínculo de dependencia y manipulación activa, utilizando la empatía del otro como regulador de mi yo. Así podía generar dependencia y hacer pensar a la otra persona que me estaba salvando o que podría lograrlo con el tiempo. Sin embargo, era imposible: Mi identidad ya estaba creada en base a validación externa, porque desde pequeño no tuve un eje referencial sólido en mi primer apego; no hubo permanencia de objeto, y tenía que buscar atención y colocarme una coraza para tapar mi herida.

 Elara se despidió muy amablemente. Era muy educada, y noté en ella una pronunciación y un vocabulario culto. La sentí como un espejo, porque yo hablaba así; era algo distintivo de mí, una superioridad intelectual que podía usar para cualquier conveniencia.

Salió de la tienda. Pagué ansioso y salí tras de ella.

"Elva R." 2026 ©️ 


domingo, 25 de enero de 2026

Hombre B #2


  La pude atisbar entre los coches, su melena ondulada y suelta era inconfundible, toda ella lo era.

 Vi, que se metía a una tienda esotérica, mal presagio para mi futura obsesión. 

 Yo tiendo a fijarme con las personas, cada una tiene una utilidad para mí, principalmente regulatoria; cuando necesito conflicto, validación o bien sensación de omnipotencia, las voy clasificando, y confirme las voy usando y me voy aburriendo, las dejo en reserva, nunca cierro un vínculo, me es imposible dentro de mí, es un anclaje cíclico, que necesito para sobrevivir.

Son extensiones de mi propio ser, no puedo amar, no puedo ofrecer lo que yo exijo y creo que merezco, pero puedo hacerlas sentir únicas y especiales, después drenarlas, tras eso, devaluarlas y menospreciar todo, haciendo una transición vincular, un puente de novedad y validación fácil; siempre hay un paralelismo, siempre necesito hablar y crear nuevos ciclos, unos, consolidados y perennes, otros, efímeros, con una fecha de caducidad desde el inicio, sin embargo, hay algo que no puedo soportar; la indiferencia, el no poder mover a una persona bajo mi control, porque sí, necesito ese control para poder sentirme válido y valioso, mi autoestima es baja, aunque lo disimule, mi indiferencia es fingida, todo me afecta, pero no de un modo sentimental o amoroso, sino, ególatra y mental, sistemático.

 La novedad me atrae, lo fuerte y resiliente, lo distintivo, empático y destacable, tanto físicamente como mentalmente, aunque, con la edad cada vez es más difícil conseguir lo que deseo, así que, a veces consigo físico e inteligencia, eso engancha a mi sistema dopaminérgico, otras veces, me conformo con el físico, aunque para mí sea importante la inteligencia, el físico me sirve para saciar ciertas necesidades y para validarme externamente, pero las mentes indescifrables me atraen, porque las necesito poseer, aunque yo sea mejor.

 Ella me había llamado la atención físicamente, era diferente y pude leer en su rostro la avidez de quien sabe; distingo muy bien, estoy acostumbrado a leer desde la distancia a la gente, y esta vez, había captado algo que debía de conocer, y tras ella iba, entré en la tienda.

jueves, 22 de enero de 2026

Edgar


 

 Era un perro grande y hermoso, con un pelaje abundante, bicolor, negro y blanco, no tenía raza y eso le hacía libre, en el sentido de tener que comportarse de una manera basada en expectativas; listo y ávido, pero a veces obcecado, creyendo que todo podía conseguirlo, su raza, era el ego cruzado.

 No era bondadoso, no era malo, simplemente, interesado, eso lo hacía ambivalente e impredecible, poco fiable según el trato.

 Él jugaba en un jardín donde imaginaba el exterior, y comenzó a cavar para poder conocer lo que tanto ansiaba y anhelaba, no aceptar normas, correr y saltar en el barro, perseguir a otros animales y descansar exhausto bajo el sol o ponerse en la sombra buscando el frescor.

 Por fin llegó el día, en el que pudo crear un agujero tan hondo como el deseo que albergaba en su interior, por fin era manumiso, estar encerrado se acabó.

 Pudo recorrer sin problemas y con la guía de su olfato el pequeño pueblo que habitaba. 

 Edgar, que así se llamaba se hallaba contento, y así fue, con el rabo levantado como se adentró en la naturaleza; comenzó a brincar eufórico. Los árboles eran tan altos como el cielo soleado que adornaba el mediodía, dando abrigo al otoño que se encontraba en la mitad de su ciclo; hojas crujían coloreando la tierra con diversos tonos anaranjados y amarillentos, movidas por una incipiente brisa, Edgar se metía debajo de ellas y disfrutaba de aquello, transcurriendo el tiempo hasta tornarse la tarde.

  El perro se encontraba cansado y decidió buscar un lugar donde resguardarse, y justamente cuando iba a posarse vio un ave que le llamó la atención... La observaba con esmero; aquel cuervo, un "corvus moneduloides", era precioso, tan negruzco como el azabache, brillante, con un pico fuerte, era joven.

 Edgar estaba curioso, pero, no era una curiosidad cualquiera, quería tener a ese cuervo para él, su instinto y el hambre nublaron su pensamiento, haciendo que fuera hacia él, subestimando que el ave podía volar y llegar a ser inalcanzable. No se detuvo, el pájaro tampoco, emprendiendo el vuelo, y fue entonces, cuando el can dio un salto sin juicio previo cayendo por un acantilado, rodando, rodando, rodando, hasta quedar sin vida, siendo devorado por otros cuervos que esperaban.


 La impulsividad puede desencadenar en un trágico final, el deseo sin conciencia, el escape de la estructura y el falso pensamiento de libertad es efímero en su sistema de elocuencia interior, prácticamente, porque carece de esta.

 Mientras que el impulso es reactivo, siendo anulado el pensamiento crítico y analítico del entorno subyacente de pros y contras, la observación, la cautela, la prudencia y paciencia pueden llevarte a una recompensa inesperada, guiando esa mentalidad hasta lo que se quiere conseguir.

 

 

Quien no tiene paciencia no tiene posesión de su alma. (Francis Bacon)

martes, 20 de enero de 2026

Hombre B

 Ahí estaba yo, en aquella cafetería vintage, inspirada en los años 70, tomando un café con leche mientras hojeaba el móvil.

 No había mucha gente, algo normal en un lunes por la tarde.

 No era un antro cerrado; era acristalado, así que desde mi mesa podía contemplar la ciudad y su movimiento y, entre ese movimiento, a ella.


 Levanté la mirada del celular y vi cómo una mujer, de unos 32 años, curvilínea cual venus taurina, nacida de una alineación planetaria excelsa y perfecta, caminaba frente a mí. Su cabello largo, por debajo de la cintura, ondulado, moreno —no negro—, una especie de castaño cenizo indescriptible; piel blanca como la nieve, tan reflectaria… Iluminada por unos ojos grandes y almendrados, alargados en su forma, verdes/grisáceos, intensos, como sus labios carnosos y bien dibujados en su arco de cupido, rojos como el calor que yo sentía en aquel instante en que mi cerebro escaneó a aquella fémina: regia, salvaje en su sensualidad. Su vestido ceñido en la cintura marcaba una guitarra que deseaba tocar.

 Dejé el móvil y lo guardé en una pequeña bandolera, pagué y me fui; necesitaba conocerla.


 Yo era un hombre normal, tal vez un poco llamativo: ojos marrones, barba tupida, ya pintando alguna cana de mis 44 años de edad. No era un adolescente, no era un joven; era un hombre adulto. Aun así, me negaba a serlo. En mi mente había algo que no era típico; lo sabía y lo disimulaba, pues la inseguridad y la necesidad constante de validación actuaban como reguladores, consciente e inconscientemente.

 No era un hombre fuerte, más bien delgado; aun así, destacaba en sapiencia y en mi forma de expresarme, que era culta, con un léxico cultivado y una necesidad de sobresalir mentalmente, consciente de que eso me daba puntos y podía llenar ciertos huecos de mi baja autoestima. No obstante, había otros más profundos que no lograba rellenar, por mucho que lo intentara. Por ello, recurría a la bebida, a las drogas y al sexo esporádico; también era la razón por la que mis relaciones tenían fecha de caducidad, porque un mecanismo interno no generaba conexión. No había continuidad en la chispa, sólo


una chispa en la novedad que no lograba encender ese sistema…

 Salí detrás de ella, ataviada con un vestido midi negro de lunares blancos, tacones negros y un caminar firme en su femineidad. Aceleré el paso: quería saber dónde iba o dónde podría volver a encontrarla.

"Elva R." ©️ 2026


domingo, 18 de enero de 2026

Sueño #2


 

Quedó atónito al contemplar su cuerpo en la cama mientras estaba parado frente a sí mismo. Su boca se abrió, plena de sorpresa y estupefacción; un escalofrío recorrió todo su ser, pero esta vez permanecía inmóvil, casi petrificado.

 En el lecho, su otro yo se encontraba plácido, dormido profundamente.

 De pie, él estaba nervioso y lleno de incertidumbre. No sabía lo que ocurría. Una paranoia lo invadía: cerraba y abría los ojos, frotándose las manos, intentando que aquella imagen desapareciera. Salía y entraba varias veces, comprobando si era una percepción suya, una sugestión inconsciente; sin embargo, nada cambiaba.

 Decidió ir de nuevo al cuarto de baño y mirarse en el espejo. Buscaba algo, aunque no sabía qué, pero sentía que debía haber alguna razón para aquello. No vio nada. La desesperación se aferraba a él, y algo se encendía en su interior. Respiraba de manera caótica, sus pensamientos eran confusos. La ansiedad se apoderó de su mente, enviando señales contradictorias. Un grito detuvo todo aquello, pero no era suyo; provenía de su otro yo...

 Su figura duplicada se había despertado y lo revisaba con sobresalto. Ambos, acelerados, se buscaron sin encontrarse. Era inefable. Mientras uno iba al pasillo a buscarse, el otro se quedaba en el baño, contemplando el espejo. Así veía que se trataba de una dimensión paralela y psicológica, un reflejo de sí mismo que existía en el mismo espacio pero en otra percepción.

Dos mundos coexistían en un mismo plano, la misma persona buscándose a sí misma entre la paradoja de su mente.


"Elva R." ©️ 2026

jueves, 15 de enero de 2026

Sueño

 

Se levantó de la cama sudoroso, sumido en una ambivalencia que no sabía explicar; era invierno, y sin embargo su cuerpo le ardia interiormente, no dejándole respirar... Inspiró profundo, sentado en el borde de la cama, había sido una pesadilla. Mientras apoyaba los codos sobre los muslos, sus manos tapaban su rostro en búsqueda de regulación. Su cabello largo creando ondas, caía rozando su torso desnudo, que se movía en desesperación por el estímulo tan desagradable que había vivido, y, de eso se trataba; había sido tan real que no podía discernir, se encontraba en una dicotomía de pensamiento.

 Se puso de pie y se dirigió al cuarto de baño, necesitaba sentir el frescor del agua en su rostro, recobrarse. Atravesó el pasillo y frente a él, se hallaba un espejo grande que contemplaba su reflejo; eso lo inquietó, porque sentía que no estaba solo en aquel lugar y momento, así que, cerró los ojos fuertemente y al abrirlos, volvía a encontrarse ahí, pero más cerca del espejo. Adam, que así se llamaba, no se había movido... La acucia recorrió su cuerpo en un escalofrío turbio, sí, turbio, porque era tan desagradable que no podía describirlo. Intentó no mirarse, abrió el grifo, mojó su rostro con las manos y lo volvió a cerrar, respirando hondo; sin embargo, una nueva angustia se apoderaba de su ser; cuando iba a agarrar la toalla para secarse la cara, miró por encima de su hombro derecho en el espejo y vio que, en realidad, no estaba solo...

 Atisbó como algo o alguien se movía detrás de él. Un escalofrío recorrió su cuerpo, el temor se apoderó de él y comenzó a temblar, ese sudor frío y ese ardimiento interno regresaron, la garganta se le cerraba a consecuencia de los nervios. Intentó serenarse; acababa de despertar de un sueño muy lúcido y lóbrego, su estado mental estaba sugestionado y la percepción de la realidad se había vuelto caótica. Fue entonces, cuando decidió mirarse al espejo con calma, inspirando profundamente, contando hasta cuatro y soltando el aire lentamente, pero al contemplar de nuevo su reflejo, cual fue su sorpresa, de no ver nada extraño, él esperaba algo, no había sucedido ningún suceso fuera de lo común


, se tranquilizó.

 Se lavó los dientes y aseó, fue de nuevo hacia su cuarto para vestirse y sus ojos quedaron completamente abiertos ante la escena que estaba frente a él: Su figura acostada en la cama, durmiendo tranquilamente. 

lunes, 12 de enero de 2026

Reflexión

 Contemplo un mundo que no me pertenece, que me hace sentir extraña, excluyéndome por mi desemejanza.


Observo cómo la gente no sonríe, cómo finge ser lo que no es tan sólo

 por formar parte de un sistema gregario que dicta qué hacer y cómo pensar. Sus rostros se hallan perdidos en una espiral que no conduce a ninguna parte, salvo al sufrimiento y a la conformidad.

 Decía Carl Gustav Jung: «Todos llevamos una sombra, y cuanto menos se manifieste en la vida consciente del individuo, más negra y densa será». Yo, sin embargo, compruebo cómo una gran mayoría evita su oscuridad y no se permite ser, por temor; porque la transformación y el atrevimiento de pensar por uno mismo constituyen un acto tan revolucionario que quien lo ejerce es vejado, maltratado, humillado y exhortado.

Quienes miran su yo más lóbrego son aquellos que no tienen miedo la soledad; no obstante, se sienten incómodos dentro de una masa cíclica y absurda que daña.

Contemplo una sociedad repleta de carencias y, por lo tanto, de apariencias: todos intentando ser protagonistas mientras hacen y repiten lo mismo, caminando al unísono bajo las órdenes de los gobernantes de turno o de influencias e ideologías dogmáticas que dejan muy claro su sesgo conductual. Prejuicios, adoctrinamiento, máscaras y dolor.

No mirar hacia el interior es el error de quienes se quedan en la superficialidad, que no es otra cosa que la nada.

Hombre B #3

 Estaba ahí, mirando tarots. Sus manos eran finas y tenía las uñas pintadas de rojo, como sus labios. Podía percibir el olor de su perfume, ...