El viento comenzó a rugir, impetuoso en su enfado, mientras algo —o alguien— se acercaba hacia mí. Mi corcel, temeroso, comenzó a temblar, pero no me dejaba solo; había quedado claro que su lealtad era absoluta. Mis ojos se abrieron, nebulosa visión inefable: me sentía cansado, extraño, y había perdido mucha sangre. Notaba su sabor en mi boca. No sabía si seguía vivo o ya estaba muerto; solo podía comprobar cómo algo poderoso venía a mi encuentro.
El cuervo comenzó a aletear, pavoroso ante la presencia de la figura cubierta con un gugel marrón oscuro, deshilachado. Se vislumbraba la forma masculina de un cuerpo marcado, no por músculo sino por huesos. No era joven; la pesadez de sus pasos delataba la vejez que lo consumía, pero su presencia era fuerte, vehemente, omnipotente.
Se detuvo frente a mí y dejó caer algo que parecía un bastón grueso; se apoyaba en él para caminar. Pude oler su hedor a ultratumba: no era algo vivo, sino energético y putrefacto. Su respiración, entrecortada y ronca, resultaba un espanto para mis oídos. Sin embargo, yo permanecía allí, inmóvil, con la melena cubierta de nieve y hemoglobina, mientras aquel ser me observaba.
El céfiro cesó. Los copos dejaron de caer. Todo se detuvo ante su mirada. No pude verle el rostro, pero sí pude sentirlo: el frío de sus huesos rozó mi cara, y un rugido abrupto escapó de mis costillas, llevándose el alma. Aun así, en esa mística expresión de la muerte, escuché la voz de una mujer: era ella, la dueña de mi querer.

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