Iba yo montado en mi corcel blanco como la nieve, la que caía en ese atardecer, gélido destino, baja la guardia, visera abierta, cansado de luchar.
El silencio era sonido en mis oídos; paz sumergida en mi añoranza, la de volver a ver esos ojos grises, hielo que mi candor derretía.
Me esperaba un camino largo y pedregoso, ya era costumbre; la victoria y la ilusión envolvían mi ser, era fuerte en esencia, pero no era consciente de la magnitud de ésta. Había salido ileso de la batalla, había decidido abandonarla y emprender mi camino en solitario, bifurcación de pensamientos que deseaban abrazar el cuerpo voluptuoso y solemne de mi dama; vestida de piel de plata, terciopelo en luna hecha mujer, sensualidad desatada en pecado de amor lujurioso, que me hacía enloquecer.
Eran dos meses sin saber de ella, sin escuchar su cálida y armoniosa voz, la deseaba en mi flaqueza, había perdido la razón, necesitando como el beber agua, su fuente de salvación; era mi lecho seguro, la dulzura de un olvido de dolor, era futuro, una Diosa de creación.
Rememoraba nuestros encuentros en el conticinio, escondidos de nuestros secretos, dando rienda a la culminación del deseo; su melena ondulada y castaña se fundía con la mía, lisa y azabache, su cuerpo curvilíneo llamaba al mío, fuerte, masculino, y nuestras miradas... Aquella mujer era una hechicera en todo sentido; el gris de su iris mezclado con ámbar, penetrante, se adueñaba de mi azul brillante. Yo sabía lo que era ella, ella sabía que yo había caído en su hechizo de mujer poderosa, pues escuchaba en su pecho la voz recitante de ensalmo, el que llegaba a curar mi alma.
En la lejanía de nuestras figuras podíamos sentirnos, era un hilo invisible e inefable, que nos unía en mente, pues era capaz de escuchar sus emociones y ella las mías; nos encontrábamos unidos de un modo místico y único.
Entre mis divagaciones internas, hablaba a mi caballo, yo sabía que él me entendía, y justamente cuando iba a volver a articular palabra... Sentí cómo algo había atravesado el gorjal. La sangre brotaba lentamente, derramada en carmín hacia mi peto, llegando al corcel, manchando el blancor con mi muerte.
Vi sus ojos impregnados en mis pupilas...

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