jueves, 25 de diciembre de 2025

Meiga #2

 El caballo no se fue; su lealtad fue íntegra hasta el último momento. Él sentía cómo su blancura se manchaba de mi vida en muerte, cómo el rojo de mi sangre recorría su cuerpo abandonando el mío.


 Vi, en mi agónica plegaria, el rostro de mi amada: sus ojos inyectados de rabia, negación del adiós que en su energía sentía. Era fuerte, llena de incertidumbre y lucha. Y fue ahí donde me quedó claro que su hechizo vendría hacia mí para hacerme eterno. Sin saberlo, me estaba condenando al sentimiento perpetuo; sin saberlo, me estaba atrapando en un cuerpo que no era mío. Pero su amor era tan egoísta en su dolor que pensaba que mi ida partiría en dos su corazón, y así fue cuando fenecí, despertando de un sueño.

 Mi corcel bajó sus patas, acomodándose para no hacerme daño en mi inminente caída. Yo me deslicé como pude, agarré su hocico, besé su mirada llorosa de despedida y le di las gracias por tanto. Se quedó: estuvo a mi lado, dándome calor en mi final, final que tan sólo era un comienzo.


 La nieve seguía cayendo, esplendorosa. Yo  miraba al cielo; mis ojos estaban entrecerrados. Podía ver los de mi amada sumidos en llanto y, de repente, vi el pico de un cuervo. Era un cuervo grande, con alas negras azuladas en tornasol. La viveza de su rostro, la astucia de cómo me observaba. Pensé que iba a comer mis globos oculares, sin embargo, tan sólo 


 ahí estaba, esperando.

Comencé a convulsionar y a vomitar sangre. Él no se movía. Mi caballo hacía ruidos, pero no me abandonaba. Y en mi visión podía vislumbrar una mezcla de los ojos de mi dama y los del cuervo que de mí se apiadaba. Entendí que era algo de ella… algo en lo que yo no mandaba. Y así fue como desperté, sin saber nada.


"Elva Raven" Copyright 2025

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