domingo, 25 de enero de 2026

Hombre B #2


  La pude atisbar entre los coches, su melena ondulada y suelta era inconfundible, toda ella lo era.

 Vi, que se metía a una tienda esotérica, mal presagio para mi futura obsesión. 

 Yo tiendo a fijarme con las personas, cada una tiene una utilidad para mí, principalmente regulatoria; cuando necesito conflicto, validación o bien sensación de omnipotencia, las voy clasificando, y confirme las voy usando y me voy aburriendo, las dejo en reserva, nunca cierro un vínculo, me es imposible dentro de mí, es un anclaje cíclico, que necesito para sobrevivir.

Son extensiones de mi propio ser, no puedo amar, no puedo ofrecer lo que yo exijo y creo que merezco, pero puedo hacerlas sentir únicas y especiales, después drenarlas, tras eso, devaluarlas y menospreciar todo, haciendo una transición vincular, un puente de novedad y validación fácil; siempre hay un paralelismo, siempre necesito hablar y crear nuevos ciclos, unos, consolidados y perennes, otros, efímeros, con una fecha de caducidad desde el inicio, sin embargo, hay algo que no puedo soportar; la indiferencia, el no poder mover a una persona bajo mi control, porque sí, necesito ese control para poder sentirme válido y valioso, mi autoestima es baja, aunque lo disimule, mi indiferencia es fingida, todo me afecta, pero no de un modo sentimental o amoroso, sino, ególatra y mental, sistemático.

 La novedad me atrae, lo fuerte y resiliente, lo distintivo, empático y destacable, tanto físicamente como mentalmente, aunque, con la edad cada vez es más difícil conseguir lo que deseo, así que, a veces consigo físico e inteligencia, eso engancha a mi sistema dopaminérgico, otras veces, me conformo con el físico, aunque para mí sea importante la inteligencia, el físico me sirve para saciar ciertas necesidades y para validarme externamente, pero las mentes indescifrables me atraen, porque las necesito poseer, aunque yo sea mejor.

 Ella me había llamado la atención físicamente, era diferente y pude leer en su rostro la avidez de quien sabe; distingo muy bien, estoy acostumbrado a leer desde la distancia a la gente, y esta vez, había captado algo que debía de conocer, y tras ella iba, entré en la tienda.

jueves, 22 de enero de 2026

Edgar


 

 Era un perro grande y hermoso, con un pelaje abundante, bicolor, negro y blanco, no tenía raza y eso le hacía libre, en el sentido de tener que comportarse de una manera basada en expectativas; listo y ávido, pero a veces obcecado, creyendo que todo podía conseguirlo, su raza, era el ego cruzado.

 No era bondadoso, no era malo, simplemente, interesado, eso lo hacía ambivalente e impredecible, poco fiable según el trato.

 Él jugaba en un jardín donde imaginaba el exterior, y comenzó a cavar para poder conocer lo que tanto ansiaba y anhelaba, no aceptar normas, correr y saltar en el barro, perseguir a otros animales y descansar exhausto bajo el sol o ponerse en la sombra buscando el frescor.

 Por fin llegó el día, en el que pudo crear un agujero tan hondo como el deseo que albergaba en su interior, por fin era manumiso, estar encerrado se acabó.

 Pudo recorrer sin problemas y con la guía de su olfato el pequeño pueblo que habitaba. 

 Edgar, que así se llamaba se hallaba contento, y así fue, con el rabo levantado como se adentró en la naturaleza; comenzó a brincar eufórico. Los árboles eran tan altos como el cielo soleado que adornaba el mediodía, dando abrigo al otoño que se encontraba en la mitad de su ciclo; hojas crujían coloreando la tierra con diversos tonos anaranjados y amarillentos, movidas por una incipiente brisa, Edgar se metía debajo de ellas y disfrutaba de aquello, transcurriendo el tiempo hasta tornarse la tarde.

  El perro se encontraba cansado y decidió buscar un lugar donde resguardarse, y justamente cuando iba a posarse vio un ave que le llamó la atención... La observaba con esmero; aquel cuervo, un "corvus moneduloides", era precioso, tan negruzco como el azabache, brillante, con un pico fuerte, era joven.

 Edgar estaba curioso, pero, no era una curiosidad cualquiera, quería tener a ese cuervo para él, su instinto y el hambre nublaron su pensamiento, haciendo que fuera hacia él, subestimando que el ave podía volar y llegar a ser inalcanzable. No se detuvo, el pájaro tampoco, emprendiendo el vuelo, y fue entonces, cuando el can dio un salto sin juicio previo cayendo por un acantilado, rodando, rodando, rodando, hasta quedar sin vida, siendo devorado por otros cuervos que esperaban.


 La impulsividad puede desencadenar en un trágico final, el deseo sin conciencia, el escape de la estructura y el falso pensamiento de libertad es efímero en su sistema de elocuencia interior, prácticamente, porque carece de esta.

 Mientras que el impulso es reactivo, siendo anulado el pensamiento crítico y analítico del entorno subyacente de pros y contras, la observación, la cautela, la prudencia y paciencia pueden llevarte a una recompensa inesperada, guiando esa mentalidad hasta lo que se quiere conseguir.

 

 

Quien no tiene paciencia no tiene posesión de su alma. (Francis Bacon)

martes, 20 de enero de 2026

Hombre B

 Ahí estaba yo, en aquella cafetería vintage, inspirada en los años 70, tomando un café con leche mientras hojeaba el móvil.

 No había mucha gente, algo normal en un lunes por la tarde.

 No era un antro cerrado; era acristalado, así que desde mi mesa podía contemplar la ciudad y su movimiento y, entre ese movimiento, a ella.


 Levanté la mirada del celular y vi cómo una mujer, de unos 32 años, curvilínea cual venus taurina, nacida de una alineación planetaria excelsa y perfecta, caminaba frente a mí. Su cabello largo, por debajo de la cintura, ondulado, moreno —no negro—, una especie de castaño cenizo indescriptible; piel blanca como la nieve, tan reflectaria… Iluminada por unos ojos grandes y almendrados, alargados en su forma, verdes/grisáceos, intensos, como sus labios carnosos y bien dibujados en su arco de cupido, rojos como el calor que yo sentía en aquel instante en que mi cerebro escaneó a aquella fémina: regia, salvaje en su sensualidad. Su vestido ceñido en la cintura marcaba una guitarra que deseaba tocar.

 Dejé el móvil y lo guardé en una pequeña bandolera, pagué y me fui; necesitaba conocerla.


 Yo era un hombre normal, tal vez un poco llamativo: ojos marrones, barba tupida, ya pintando alguna cana de mis 44 años de edad. No era un adolescente, no era un joven; era un hombre adulto. Aun así, me negaba a serlo. En mi mente había algo que no era típico; lo sabía y lo disimulaba, pues la inseguridad y la necesidad constante de validación actuaban como reguladores, consciente e inconscientemente.

 No era un hombre fuerte, más bien delgado; aun así, destacaba en sapiencia y en mi forma de expresarme, que era culta, con un léxico cultivado y una necesidad de sobresalir mentalmente, consciente de que eso me daba puntos y podía llenar ciertos huecos de mi baja autoestima. No obstante, había otros más profundos que no lograba rellenar, por mucho que lo intentara. Por ello, recurría a la bebida, a las drogas y al sexo esporádico; también era la razón por la que mis relaciones tenían fecha de caducidad, porque un mecanismo interno no generaba conexión. No había continuidad en la chispa, sólo


una chispa en la novedad que no lograba encender ese sistema…

 Salí detrás de ella, ataviada con un vestido midi negro de lunares blancos, tacones negros y un caminar firme en su femineidad. Aceleré el paso: quería saber dónde iba o dónde podría volver a encontrarla.

"Elva R." ©️ 2026


domingo, 18 de enero de 2026

Sueño #2


 

Quedó atónito al contemplar su cuerpo en la cama mientras estaba parado frente a sí mismo. Su boca se abrió, plena de sorpresa y estupefacción; un escalofrío recorrió todo su ser, pero esta vez permanecía inmóvil, casi petrificado.

 En el lecho, su otro yo se encontraba plácido, dormido profundamente.

 De pie, él estaba nervioso y lleno de incertidumbre. No sabía lo que ocurría. Una paranoia lo invadía: cerraba y abría los ojos, frotándose las manos, intentando que aquella imagen desapareciera. Salía y entraba varias veces, comprobando si era una percepción suya, una sugestión inconsciente; sin embargo, nada cambiaba.

 Decidió ir de nuevo al cuarto de baño y mirarse en el espejo. Buscaba algo, aunque no sabía qué, pero sentía que debía haber alguna razón para aquello. No vio nada. La desesperación se aferraba a él, y algo se encendía en su interior. Respiraba de manera caótica, sus pensamientos eran confusos. La ansiedad se apoderó de su mente, enviando señales contradictorias. Un grito detuvo todo aquello, pero no era suyo; provenía de su otro yo...

 Su figura duplicada se había despertado y lo revisaba con sobresalto. Ambos, acelerados, se buscaron sin encontrarse. Era inefable. Mientras uno iba al pasillo a buscarse, el otro se quedaba en el baño, contemplando el espejo. Así veía que se trataba de una dimensión paralela y psicológica, un reflejo de sí mismo que existía en el mismo espacio pero en otra percepción.

Dos mundos coexistían en un mismo plano, la misma persona buscándose a sí misma entre la paradoja de su mente.


"Elva R." ©️ 2026

jueves, 15 de enero de 2026

Sueño

 

Se levantó de la cama sudoroso, sumido en una ambivalencia que no sabía explicar; era invierno, y sin embargo su cuerpo le ardia interiormente, no dejándole respirar... Inspiró profundo, sentado en el borde de la cama, había sido una pesadilla. Mientras apoyaba los codos sobre los muslos, sus manos tapaban su rostro en búsqueda de regulación. Su cabello largo creando ondas, caía rozando su torso desnudo, que se movía en desesperación por el estímulo tan desagradable que había vivido, y, de eso se trataba; había sido tan real que no podía discernir, se encontraba en una dicotomía de pensamiento.

 Se puso de pie y se dirigió al cuarto de baño, necesitaba sentir el frescor del agua en su rostro, recobrarse. Atravesó el pasillo y frente a él, se hallaba un espejo grande que contemplaba su reflejo; eso lo inquietó, porque sentía que no estaba solo en aquel lugar y momento, así que, cerró los ojos fuertemente y al abrirlos, volvía a encontrarse ahí, pero más cerca del espejo. Adam, que así se llamaba, no se había movido... La acucia recorrió su cuerpo en un escalofrío turbio, sí, turbio, porque era tan desagradable que no podía describirlo. Intentó no mirarse, abrió el grifo, mojó su rostro con las manos y lo volvió a cerrar, respirando hondo; sin embargo, una nueva angustia se apoderaba de su ser; cuando iba a agarrar la toalla para secarse la cara, miró por encima de su hombro derecho en el espejo y vio que, en realidad, no estaba solo...

 Atisbó como algo o alguien se movía detrás de él. Un escalofrío recorrió su cuerpo, el temor se apoderó de él y comenzó a temblar, ese sudor frío y ese ardimiento interno regresaron, la garganta se le cerraba a consecuencia de los nervios. Intentó serenarse; acababa de despertar de un sueño muy lúcido y lóbrego, su estado mental estaba sugestionado y la percepción de la realidad se había vuelto caótica. Fue entonces, cuando decidió mirarse al espejo con calma, inspirando profundamente, contando hasta cuatro y soltando el aire lentamente, pero al contemplar de nuevo su reflejo, cual fue su sorpresa, de no ver nada extraño, él esperaba algo, no había sucedido ningún suceso fuera de lo común


, se tranquilizó.

 Se lavó los dientes y aseó, fue de nuevo hacia su cuarto para vestirse y sus ojos quedaron completamente abiertos ante la escena que estaba frente a él: Su figura acostada en la cama, durmiendo tranquilamente. 

lunes, 12 de enero de 2026

Reflexión

 Contemplo un mundo que no me pertenece, que me hace sentir extraña, excluyéndome por mi desemejanza.


Observo cómo la gente no sonríe, cómo finge ser lo que no es tan sólo

 por formar parte de un sistema gregario que dicta qué hacer y cómo pensar. Sus rostros se hallan perdidos en una espiral que no conduce a ninguna parte, salvo al sufrimiento y a la conformidad.

 Decía Carl Gustav Jung: «Todos llevamos una sombra, y cuanto menos se manifieste en la vida consciente del individuo, más negra y densa será». Yo, sin embargo, compruebo cómo una gran mayoría evita su oscuridad y no se permite ser, por temor; porque la transformación y el atrevimiento de pensar por uno mismo constituyen un acto tan revolucionario que quien lo ejerce es vejado, maltratado, humillado y exhortado.

Quienes miran su yo más lóbrego son aquellos que no tienen miedo la soledad; no obstante, se sienten incómodos dentro de una masa cíclica y absurda que daña.

Contemplo una sociedad repleta de carencias y, por lo tanto, de apariencias: todos intentando ser protagonistas mientras hacen y repiten lo mismo, caminando al unísono bajo las órdenes de los gobernantes de turno o de influencias e ideologías dogmáticas que dejan muy claro su sesgo conductual. Prejuicios, adoctrinamiento, máscaras y dolor.

No mirar hacia el interior es el error de quienes se quedan en la superficialidad, que no es otra cosa que la nada.

sábado, 10 de enero de 2026

Lobo

 

 Era un día claro de invierno. Yo estaba perdida en mis pensamientos, caminando en soledad, disfrutando de la brisa de esa mañana. Me encontraba en la naturaleza, descalza, sintiendo la madre tierra nutrirme de ella y limpiarme de lo desconectado de mi mundo: ruidos, gente, coches, maldad, falsedad, enfermedad, radiación, contaminación… Necesitaba la toma de energía para poder seguir.

 En el camino, a lo lejos, vi cómo un lobo negro se acercaba a mí en sigilo. Me miraba cual presa, me medía con los ojos desde la distancia, que cada vez era más cercana. Sus colmillos eran brillantes; podía vislumbrar su filo.

Cuando llegó a mí, yo me encontraba pétrea. El miedo no me dejaba moverme; mi cuerpo se había paralizado de tal manera que me costaba hasta respirar.

 Ahí estaba él, clavando sus pupilas en mi rostro. Podía verme en su brillo, mi silueta curvilínea y el resplandor de mi piel, pero también contemplaba cómo había dejado de enseñar los dientes, y eso me generaba aún más incertidumbre…


 Pasó de largo, y yo quedé extrañada. Quizá no tuviera hambre, pero cuál fue mi sorpresa: me di cuenta de que era ciego y se guiaba por el olfato. Sin embargo, no me había atacado y había notado mi presencia.

 Quedé pensativa un rato mientras seguía caminando y, de repente, escuché alaridos. Eran del animal. Estaba dudosa, no sabía qué hacer: si ir a su encuentro para ver si estaba bien o irme del lugar. Era un riesgo, porque no sabía si me iba a atacar.

 En un suspiro, me armé de valor y di la vuelta; necesitaba ver qué pasaba.

 Lo encontré con la pata metida en una trampa, sin poder escapar de ella. Era un lobo joven, fuerte, grande, así que lo tuve que pensar varias veces antes de tomar la determinación de ayudarle, y lo hice. Saqué su pata de la trampa y me mordió. La sangre brotaba; yo comencé a llorar y a temblar, pero él no se iba de mi lado. No me volvió a atacar y, guiándose con su olfato, comenzó a lamer la herida que él mismo había provocado.

 Fue entonces cuando sucedió algo inefable. Una sombra humana se mostró detrás de él, apareciendo de la nada. Mientras yo abría la boca, asombrada, contemplaba cómo esa negrura se tornaba humo y se fundía con el animal, que no había dejado de lamer la herida.

 Mis ojos se abrieron muchísimo; mi corazón se aceleró de tal manera que estrangulaba mi garganta. Notaba cómo una energía penetraba y, a la vez, salía de mi interior. No me hacía daño, pero era extraño: una sensación indescriptible, un intercambio sinérgico y místico que dio lugar a la desaparición del lobo. Comenzó a difuminarse y, a la vez, a transformarse en un hombre joven y masculino, rudeza de cabello largo y barba tupida. Sus ojos eran grises y, al rededor de las pupilas, un halo de color de la miel se fundían, creando un iris mágico, como lo que acababa de acontecer.

 Yo no podía salir de mi asombro. Ya no tenía sus dientes, ya no había sangre; tan sólo estábamos él y yo, mirándonos fijamente.

—Me has ayudado, aun sabiendo que era fiero y que podría hacerte daño —lo dijo con una voz masculina y profunda, mientras agarraba mis manos en calidad de agradecimiento.


 —Había sido honesto en la vida, había hecho las cosas bien, y la envidia ajena me afectó tanto que me cegó. Me convertí en un lobo solitario, alejado de la sociedad, del gregarismo ignoto y dañino, superfluo de sentir y pensar —lo dijo con pena—. No creía en nada ni en nadie, y apareciste tú en mi camino, con temor, pero firme. Me di cuenta de que buscabas lo mismo que yo: solitud.

—Me has salvado a pesar del miedo. Comprendiste que no te quería hacer daño y que mi ceguera no me lo impedía. Has sido agradecida y leal, como un lobo. Tú y yo somos lo mismo—.

 

 Desde entonces entendí que hay lobos que no atacan, y almas que se reconocen sin palabras.

 

 


"Elva R." ©️ 2026

martes, 6 de enero de 2026

Tentación



 

 Dejó atrás la belleza masculina de su cuerpo: músculos que clamaban al fervor de las féminas, marcados en esencia, fortaleza de un hombre trabajado.


Su barba era tupida y negra, y sus ojos marrones recordaban al café de la mañana más temprana, pues madrugar era costumbre en él, al igual que acostarse temprano.


 Su cabello, largo y ondulado, comenzaba a pintar canas en su oscuridad, la misma que estaba a punto de afrontar.

 Tras soñar durante varias noches con la lujuria y sentir el deseo de la carne en tentaciones insanas y blasfemas, decidió, en su hábito de monje, retirarse al desierto en busca de respuestas.

 Aquella mañana de primavera, mientras escuchaba el cántico de los pájaros, emprendió el viaje hacia el abismo de sus miedos.

 El primer día fue tranquilo: no vio nada, comió algo y descansó un poco. Estaba orgulloso de sí mismo.

 El segundo día comenzó a percibir un olor a ceniza mojada, penetrante y extraño, tan intenso que parecía brotar de su propia piel. Se lavó con greda con tal vehemencia que comenzó a sangrar; una obsesión perniciosa, como si quisiera desprenderse de todo pecado mediante el olfato.

 El tercer día tuvo hambre y sed. Las grietas de su piel pasaban desapercibidas, y el olor persistía. Pero lo que empezó a desestabilizarlo fueron las huellas que se dibujaban tras él sin pertenecerle. Eran pies pequeños y finos, aparentemente de mujer. No quiso permitir que esas visiones inefables alimentaran su mente; miraba al frente, aferrándose a la cruz de madera que colgaba de su cuello, rezando con fuerza, temeroso de perder su fe. Algo lo perseguía, y él aún no sabía qué.

 El cuarto día vio mujeres danzando en un espejismo dantesco. La noche, que parecía día, mostraba cuerpos desnudos agarrados de la mano, mojándose unos a otros en un oasis. El monje no sabía en qué creer; alzó la Biblia al cielo, suplicando para que cesara la visión pecaminosa, consciente de que su hombría caía bajo el manto de la pasión desmedida. Siguió caminando, y los pasos de mujer continuaban acompañándolo, mientras él, dolorido, hambriento y tentado, se aferraba a la cruz que en ese momento le tocaba cargar.

 El quinto día fue decisivo. Había encontrado una cueva y decidió examinarla para pernoctar allí. Todo parecía en orden. Estaba cansado y exhausto. Su mente giraba atolondrada, mezclando imágenes inconexas, rememorando la escena de aquellas féminas danzando como un aquelarre, preguntándose si realmente eran brujas pidiendo algo a su ser superior; quizá fuera él, pues lo habían observado.

 Los pasos seguían marcándose a pesar de encontrarse sentado dentro de la cueva. Estaba en el suelo, con las piernas cruzadas; sus manos, juntas, sujetaban la cruz de madera. Rezaba, pues su intuición había vislumbrado una energía hostil. Se encontraba nervioso e inquieto; su corazón latía acelerado. Decidió encomendarse a su Dios, pidiendo calma. Quizá fuera el lugar, tal vez la sugestión. Tantos días en soledad, con heridas y hambre, sin apenas dormir, vigilante, podrían haberle hecho creer en lo que no existe… O tal vez no.

 Había encendido un fuego para calentarse cuando se dio cuenta de cómo las marcas se plasmaban frente a él hasta adentrarse en las llamas. De repente, una humareda blanquecina comenzó a tomar forma. De manera ascendente se fue delineando un cuerpo femenino: curvas de guitarra tocando una melodía silenciosa, caderas redondeadas y fértiles, cintura marcada, busto voluptuoso y un rostro angelical. El religioso contemplaba aquello con una mezcla de incredulidad y asombro. Un escalofrío recorrió su cuerpo; la angustia se apoderó de sus sentidos y quedó pétreo ante ese humo danzante, sensual tentación que ahogaba su alma.

 Había huido de ella, lujuria maldita manchada de pecado. Había decidido no sucumbir, evitarla. Sin embargo, el deseo se hallaba frente a él, mirándole a los ojos.

 Se llevó la mano al pecho y abrió la Biblia, pero la figura la cerraba una y otra vez, dándole a entender que debía enfrentarse a ella desde su fe, sin papel escrito al que aferrarse.

 El monje agarró la cruz mientras estrujaba su hábito contra el pecho. Cerraba los ojos, rezando, evitando mirar a la dama humeante, pero aquel sonido… Dulce voz seductora, cual arpía, lo atraía. Le susurraba al oído mientras era envuelto en ceniza. Ese olor… Le era tan familiar. Ceniza mojada. Había caminado junto a la tentación sin darse cuenta. Ella había puesto el hambre y la sed, el cansancio, las mujeres danzando, el oasis y el sufrimiento.

 Debía enfrentarse mirándola a los ojos, sin lectura, sin madera que agarrar; tan sólo con la fuerza de su sombra unida a su luz en una simbiosis única y mística, como aquella ruindad que había estado con él desde el principio. Era un cenobita retirado desde hacía años. Quiso vivir en libertad, sin más normas que las de su creencia. Había sido repudiado por no ser igual, había pagado el precio y, en su martirio, día tras día, lidiaba con el remordimiento. Por eso quiso enfrentar su miedo y poner a prueba su religión interna. Sin embargo, costaba.

 Miró fijamente a la imagen intentando poner la mente en blanco, sin conseguirlo. Entonces su cuerpo fue embargado por el temor. Escuchaba alaridos de cerdos, sufrimiento, y contemplaba cómo la mujer de humo se transformaba poco a poco en uno de ellos. El animal lo miraba fijamente. El monje sudaba y jadeaba, tapándose la boca, intentando cerrar los ojos sin lograrlo. Una fuerza superior le impedía moverse. Se agarraba el pecho y el horror crecía en su mente de forma inexorable. El corazón le latía con tal violencia que parecía a punto de detenerse.

 Intentaba soplar para apagar el fuego sin darse cuenta de que ya estaba extinguido. Los alaridos eran tan intensos que sus oídos, en defensa, comenzaron a sangrar. La imagen se reía, disfrutando del sufrimiento del hombre, que resistía sin poder mediar palabra.

 En su mente resonaba el eco de su propia voz, intentando sofocar el sonido dantesco de aquella tentación ofendida, enfurecida por el rechazo. La fe había conseguido irritar a la bestia que se vestía de mil formas para engañarlo y castigarlo en su paranoia. El eco le decía que resistiera, y rezaba al unísono con los sonidos que ahora lo rodeaban: animales sufriendo, risas crueles, nuevos cuerpos femeninos uniéndose en las sombras de aquella alegoría innata.

 Con un grito, todo cesó.

 Sus ojos, abiertos ferozmente e inyectados de rabia, miraban al frente. La blasfemia inundó su boca. Entre oraciones e insultos logró ponerse en pie, aunque la debilidad se había apoderado de él. Tocó sus orejas para comprobar la sangre: no había nada. Nervioso, volvió a palparse una y otra vez. No podía ser cierto; había sentido cómo descendía hasta su cuello.

 Con los brazos en cruz gritó y cayó al suelo, exhausto de locura, sin saber qué era verdad y qué mentira. Así quedó dormido.

Carrusel

 Era un carrusel antiguo, de madera, de color negro, donde giraban al ritmo de una melodía unos caballos azabaches. En la noche, uno de los ...