Dejó atrás la belleza masculina de su cuerpo: músculos que clamaban al fervor de las féminas, marcados en esencia, fortaleza de un hombre trabajado.
Su barba era tupida y negra, y sus ojos marrones recordaban al café de la mañana más temprana, pues madrugar era costumbre en él, al igual que acostarse temprano.
Su cabello, largo y ondulado, comenzaba a pintar canas en su oscuridad, la misma que estaba a punto de afrontar.
Tras soñar durante varias noches con la lujuria y sentir el deseo de la carne en tentaciones insanas y blasfemas, decidió, en su hábito de monje, retirarse al desierto en busca de respuestas.
Aquella mañana de primavera, mientras escuchaba el cántico de los pájaros, emprendió el viaje hacia el abismo de sus miedos.
El primer día fue tranquilo: no vio nada, comió algo y descansó un poco. Estaba orgulloso de sí mismo.
El segundo día comenzó a percibir un olor a ceniza mojada, penetrante y extraño, tan intenso que parecía brotar de su propia piel. Se lavó con greda con tal vehemencia que comenzó a sangrar; una obsesión perniciosa, como si quisiera desprenderse de todo pecado mediante el olfato.
El tercer día tuvo hambre y sed. Las grietas de su piel pasaban desapercibidas, y el olor persistía. Pero lo que empezó a desestabilizarlo fueron las huellas que se dibujaban tras él sin pertenecerle. Eran pies pequeños y finos, aparentemente de mujer. No quiso permitir que esas visiones inefables alimentaran su mente; miraba al frente, aferrándose a la cruz de madera que colgaba de su cuello, rezando con fuerza, temeroso de perder su fe. Algo lo perseguía, y él aún no sabía qué.
El cuarto día vio mujeres danzando en un espejismo dantesco. La noche, que parecía día, mostraba cuerpos desnudos agarrados de la mano, mojándose unos a otros en un oasis. El monje no sabía en qué creer; alzó la Biblia al cielo, suplicando para que cesara la visión pecaminosa, consciente de que su hombría caía bajo el manto de la pasión desmedida. Siguió caminando, y los pasos de mujer continuaban acompañándolo, mientras él, dolorido, hambriento y tentado, se aferraba a la cruz que en ese momento le tocaba cargar.
El quinto día fue decisivo. Había encontrado una cueva y decidió examinarla para pernoctar allí. Todo parecía en orden. Estaba cansado y exhausto. Su mente giraba atolondrada, mezclando imágenes inconexas, rememorando la escena de aquellas féminas danzando como un aquelarre, preguntándose si realmente eran brujas pidiendo algo a su ser superior; quizá fuera él, pues lo habían observado.
Los pasos seguían marcándose a pesar de encontrarse sentado dentro de la cueva. Estaba en el suelo, con las piernas cruzadas; sus manos, juntas, sujetaban la cruz de madera. Rezaba, pues su intuición había vislumbrado una energía hostil. Se encontraba nervioso e inquieto; su corazón latía acelerado. Decidió encomendarse a su Dios, pidiendo calma. Quizá fuera el lugar, tal vez la sugestión. Tantos días en soledad, con heridas y hambre, sin apenas dormir, vigilante, podrían haberle hecho creer en lo que no existe… O tal vez no.
Había encendido un fuego para calentarse cuando se dio cuenta de cómo las marcas se plasmaban frente a él hasta adentrarse en las llamas. De repente, una humareda blanquecina comenzó a tomar forma. De manera ascendente se fue delineando un cuerpo femenino: curvas de guitarra tocando una melodía silenciosa, caderas redondeadas y fértiles, cintura marcada, busto voluptuoso y un rostro angelical. El religioso contemplaba aquello con una mezcla de incredulidad y asombro. Un escalofrío recorrió su cuerpo; la angustia se apoderó de sus sentidos y quedó pétreo ante ese humo danzante, sensual tentación que ahogaba su alma.
Había huido de ella, lujuria maldita manchada de pecado. Había decidido no sucumbir, evitarla. Sin embargo, el deseo se hallaba frente a él, mirándole a los ojos.
Se llevó la mano al pecho y abrió la Biblia, pero la figura la cerraba una y otra vez, dándole a entender que debía enfrentarse a ella desde su fe, sin papel escrito al que aferrarse.
El monje agarró la cruz mientras estrujaba su hábito contra el pecho. Cerraba los ojos, rezando, evitando mirar a la dama humeante, pero aquel sonido… Dulce voz seductora, cual arpía, lo atraía. Le susurraba al oído mientras era envuelto en ceniza. Ese olor… Le era tan familiar. Ceniza mojada. Había caminado junto a la tentación sin darse cuenta. Ella había puesto el hambre y la sed, el cansancio, las mujeres danzando, el oasis y el sufrimiento.
Debía enfrentarse mirándola a los ojos, sin lectura, sin madera que agarrar; tan sólo con la fuerza de su sombra unida a su luz en una simbiosis única y mística, como aquella ruindad que había estado con él desde el principio. Era un cenobita retirado desde hacía años. Quiso vivir en libertad, sin más normas que las de su creencia. Había sido repudiado por no ser igual, había pagado el precio y, en su martirio, día tras día, lidiaba con el remordimiento. Por eso quiso enfrentar su miedo y poner a prueba su religión interna. Sin embargo, costaba.
Miró fijamente a la imagen intentando poner la mente en blanco, sin conseguirlo. Entonces su cuerpo fue embargado por el temor. Escuchaba alaridos de cerdos, sufrimiento, y contemplaba cómo la mujer de humo se transformaba poco a poco en uno de ellos. El animal lo miraba fijamente. El monje sudaba y jadeaba, tapándose la boca, intentando cerrar los ojos sin lograrlo. Una fuerza superior le impedía moverse. Se agarraba el pecho y el horror crecía en su mente de forma inexorable. El corazón le latía con tal violencia que parecía a punto de detenerse.
Intentaba soplar para apagar el fuego sin darse cuenta de que ya estaba extinguido. Los alaridos eran tan intensos que sus oídos, en defensa, comenzaron a sangrar. La imagen se reía, disfrutando del sufrimiento del hombre, que resistía sin poder mediar palabra.
En su mente resonaba el eco de su propia voz, intentando sofocar el sonido dantesco de aquella tentación ofendida, enfurecida por el rechazo. La fe había conseguido irritar a la bestia que se vestía de mil formas para engañarlo y castigarlo en su paranoia. El eco le decía que resistiera, y rezaba al unísono con los sonidos que ahora lo rodeaban: animales sufriendo, risas crueles, nuevos cuerpos femeninos uniéndose en las sombras de aquella alegoría innata.
Con un grito, todo cesó.
Sus ojos, abiertos ferozmente e inyectados de rabia, miraban al frente. La blasfemia inundó su boca. Entre oraciones e insultos logró ponerse en pie, aunque la debilidad se había apoderado de él. Tocó sus orejas para comprobar la sangre: no había nada. Nervioso, volvió a palparse una y otra vez. No podía ser cierto; había sentido cómo descendía hasta su cuello.
Con los brazos en cruz gritó y cayó al suelo, exhausto de locura, sin saber qué era verdad y qué mentira. Así quedó dormido.