Era un día claro de invierno. Yo estaba perdida en mis pensamientos, caminando en soledad, disfrutando de la brisa de esa mañana. Me encontraba en la naturaleza, descalza, sintiendo la madre tierra nutrirme de ella y limpiarme de lo desconectado de mi mundo: ruidos, gente, coches, maldad, falsedad, enfermedad, radiación, contaminación… Necesitaba la toma de energía para poder seguir.
En el camino, a lo lejos, vi cómo un lobo negro se acercaba a mí en sigilo. Me miraba cual presa, me medía con los ojos desde la distancia, que cada vez era más cercana. Sus colmillos eran brillantes; podía vislumbrar su filo.
Cuando llegó a mí, yo me encontraba pétrea. El miedo no me dejaba moverme; mi cuerpo se había paralizado de tal manera que me costaba hasta respirar.
Ahí estaba él, clavando sus pupilas en mi rostro. Podía verme en su brillo, mi silueta curvilínea y el resplandor de mi piel, pero también contemplaba cómo había dejado de enseñar los dientes, y eso me generaba aún más incertidumbre…
Pasó de largo, y yo quedé extrañada. Quizá no tuviera hambre, pero cuál fue mi sorpresa: me di cuenta de que era ciego y se guiaba por el olfato. Sin embargo, no me había atacado y había notado mi presencia.
Quedé pensativa un rato mientras seguía caminando y, de repente, escuché alaridos. Eran del animal. Estaba dudosa, no sabía qué hacer: si ir a su encuentro para ver si estaba bien o irme del lugar. Era un riesgo, porque no sabía si me iba a atacar.
En un suspiro, me armé de valor y di la vuelta; necesitaba ver qué pasaba.
Lo encontré con la pata metida en una trampa, sin poder escapar de ella. Era un lobo joven, fuerte, grande, así que lo tuve que pensar varias veces antes de tomar la determinación de ayudarle, y lo hice. Saqué su pata de la trampa y me mordió. La sangre brotaba; yo comencé a llorar y a temblar, pero él no se iba de mi lado. No me volvió a atacar y, guiándose con su olfato, comenzó a lamer la herida que él mismo había provocado.
Fue entonces cuando sucedió algo inefable. Una sombra humana se mostró detrás de él, apareciendo de la nada. Mientras yo abría la boca, asombrada, contemplaba cómo esa negrura se tornaba humo y se fundía con el animal, que no había dejado de lamer la herida.
Mis ojos se abrieron muchísimo; mi corazón se aceleró de tal manera que estrangulaba mi garganta. Notaba cómo una energía penetraba y, a la vez, salía de mi interior. No me hacía daño, pero era extraño: una sensación indescriptible, un intercambio sinérgico y místico que dio lugar a la desaparición del lobo. Comenzó a difuminarse y, a la vez, a transformarse en un hombre joven y masculino, rudeza de cabello largo y barba tupida. Sus ojos eran grises y, al rededor de las pupilas, un halo de color de la miel se fundían, creando un iris mágico, como lo que acababa de acontecer.
Yo no podía salir de mi asombro. Ya no tenía sus dientes, ya no había sangre; tan sólo estábamos él y yo, mirándonos fijamente.
—Me has ayudado, aun sabiendo que era fiero y que podría hacerte daño —lo dijo con una voz masculina y profunda, mientras agarraba mis manos en calidad de agradecimiento.
—Había sido honesto en la vida, había hecho las cosas bien, y la envidia ajena me afectó tanto que me cegó. Me convertí en un lobo solitario, alejado de la sociedad, del gregarismo ignoto y dañino, superfluo de sentir y pensar —lo dijo con pena—. No creía en nada ni en nadie, y apareciste tú en mi camino, con temor, pero firme. Me di cuenta de que buscabas lo mismo que yo: solitud.
—Me has salvado a pesar del miedo. Comprendiste que no te quería hacer daño y que mi ceguera no me lo impedía. Has sido agradecida y leal, como un lobo. Tú y yo somos lo mismo—.
Desde entonces entendí que hay lobos que no atacan, y almas que se reconocen sin palabras.

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