Ahí estaba yo, en aquella cafetería vintage, inspirada en los años 70, tomando un café con leche mientras hojeaba el móvil.
No había mucha gente, algo normal en un lunes por la tarde.
No era un antro cerrado; era acristalado, así que desde mi mesa podía contemplar la ciudad y su movimiento y, entre ese movimiento, a ella.
Levanté la mirada del celular y vi cómo una mujer, de unos 32 años, curvilínea cual venus taurina, nacida de una alineación planetaria excelsa y perfecta, caminaba frente a mí. Su cabello largo, por debajo de la cintura, ondulado, moreno —no negro—, una especie de castaño cenizo indescriptible; piel blanca como la nieve, tan reflectaria… Iluminada por unos ojos grandes y almendrados, alargados en su forma, verdes/grisáceos, intensos, como sus labios carnosos y bien dibujados en su arco de cupido, rojos como el calor que yo sentía en aquel instante en que mi cerebro escaneó a aquella fémina: regia, salvaje en su sensualidad. Su vestido ceñido en la cintura marcaba una guitarra que deseaba tocar.
Dejé el móvil y lo guardé en una pequeña bandolera, pagué y me fui; necesitaba conocerla.
Yo era un hombre normal, tal vez un poco llamativo: ojos marrones, barba tupida, ya pintando alguna cana de mis 44 años de edad. No era un adolescente, no era un joven; era un hombre adulto. Aun así, me negaba a serlo. En mi mente había algo que no era típico; lo sabía y lo disimulaba, pues la inseguridad y la necesidad constante de validación actuaban como reguladores, consciente e inconscientemente.
No era un hombre fuerte, más bien delgado; aun así, destacaba en sapiencia y en mi forma de expresarme, que era culta, con un léxico cultivado y una necesidad de sobresalir mentalmente, consciente de que eso me daba puntos y podía llenar ciertos huecos de mi baja autoestima. No obstante, había otros más profundos que no lograba rellenar, por mucho que lo intentara. Por ello, recurría a la bebida, a las drogas y al sexo esporádico; también era la razón por la que mis relaciones tenían fecha de caducidad, porque un mecanismo interno no generaba conexión. No había continuidad en la chispa, sólo
una chispa en la novedad que no lograba encender ese sistema…
Salí detrás de ella, ataviada con un vestido midi negro de lunares blancos, tacones negros y un caminar firme en su femineidad. Aceleré el paso: quería saber dónde iba o dónde podría volver a encontrarla.
"Elva R." ©️ 2026

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