Él tocaba las almas y se las llevaba al otro lado, donde el sufrimiento se pierde entre la belleza del cosmos, y el ser deja de ser carne para transformarse en luz. Con solo tocarte podía transformar la respiración en sopor, la vida en agonía, las horas en eternidad.
No tenía distinción. No había edad ni belleza. No había raza ni dinero que pudiera librarse de ella, si esta se fijaba en ti y posaba sus frías manos en cualquier tramo de tu piel, serías el siguiente en su lista.
Vestida con un manto negro, podían visualizarse sus huesos entre una especie de piel traslúcida y a la vez opaca. No tenía ojos, sus cuencas eran el terror de lo vacío y su rostro estremecía hasta al más fuerte, sí, te estoy hablando de la muerte.
Siempre iba con un cuervo apoyado en su hombro izquierdo, era el portador de noticias entre los dos mundos.
En una noche nebulosa, había sentido el horror de una de sus llamadas, no sabía cómo, pero era avisado enérgicamente para escoger quien sería la próxima alma y había sido llamado para ir a la casa de una mujer joven.
Se hallaba con fiebre extrema entre agónicas convulsiones, sudores gélidos que generaban espasmos. Padecía de ergotismo, había comido pan en mal estado por un hongo llamado el conerzuelo. Le quemaba por dentro y sus extremidades habían empezado a mostrar gangrena, era extraño sentir sudores fríos y a la vez como tu interior arde entre las llamas de sufrimiento extremo. Ya no habían alaridos, tan sólo el dolor anestesiado del final entre alucinaciones. Temblorosa, agarraba su cabello negro intentando arrancárselo; tenía una melena negra que recorría su voluptuoso cuerpo el cual estaba ataviado con un camisón blanco, no más blanco que su tez. Sus labios habían perdido el color y sus ojos azules el brillo. En la punta de los dedos la negrura de la afección comiéndose la vida en podredumbre envuelta en un fétido hedor.
El óbito contemplaba la escena, fue la primera vez que sintió pena.
No podía tocarla, pero no podía contemplarla así, sumida en putrefacción.
Ella lo reconoció sin necesidad de hablar, se observaron mutuamente entre el paralelismo de la existencia y la etereidad, sabía que iba a ser llevada por él, que no podía escapar.
Era tal la beldad de la juventud, de la fertilidad hecha curva que no pudo posar sus huesudas manos en ella.
Los familiares estaban esperando, habían ido a recogerla los que ya se habían marchado, todos intentando que el tránsito fuera lo mejor posible, ansiosos por poder volverla a abrazar y algunos conocer.
El cuervo se posó en su regazo, mirando a su amo que había decidido sacrificarlo dándole la salud perdida a la dama, para no tener que matarla.
El animal cayó fulminado en lo terrenal, y el milagro se hizo desde el amor que no se podía dar.
Él dejaba verse, ella había entendido lo sucedido y en un arrebato de agradecimiento quiso abrazarle, el óbito se negó y se fue, aunque estaría volviendo más veces para poder verla desde la sombra de su anhelo, ya que la ansiaba en lo carnal y en el interior de un sentimiento.
Si la tocaba moriría, el amor se cuida, se atiende, se sacrifica cuando en verdad se quiere, y si quererla era no poder acariciarla ni besarla estaba dispuesto, él era feliz por primera vez y si ella estaba sana él estaba más que satisfecho, aunque la deseara intensamente.
Su compañero yacía entre sus manos, y era la primera vez que padecía de tristeza.
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