Se sentía solo, llevaba cuatro años soltero y no tenía tiempo ni ganas de socializar. Dario era joven, tenía la visión de un hombre de treinta y cinco años. Corpulencia en una masculinidad consciente de su belleza adornada en un vello negro. Sus ojos eran oscuros cual café de desvelo, al igual que su barba tupida y su cabello largo.
Se encontraba mirando hacia el techo, torso desnudo, fortaleza hecha hombre de manera estructural, apenas iba al gimnasio, su aislamiento era real.
Se había aburrido del amor líquido, de esas manipulaciones insanas,de las mujeres que por el hecho de existir exigían ser idolatradas. De la superficialidad de los filtros, de los besos hialurónicos y el bótox inexpresivo, de las inseguridades en búsqueda de validación constantemente, de los implantes y las extensiones, todo eran carencias en pretensiones.
Refugiado en sí mismo y con la esperanza ignota de no poder encontrar a alguien natural en un mundo cada vez más insustancial, había creado una coraza; ya no buscaba, ya no contestaba, ta simplemente, respiraba.
En un punto fijo, con los ojos llorosos, los brazos en cruz, en un silencio obnubilado, se imaginó con una mujer agarrándole de la mano. No le exigía una cartera repleta de dinero que iba a ser desperdiciado, tampoco ponerla en un altar cristalizado, sencillamente, era.
Ese ensueño fue interrumpido por el sonido de una notificación de móvil, el que estaba en la mesita de noche, a su izquierda, miró con recelo, pues había quitado el sonido previamente y los datos... O quizá, no.
Era una alerta de un nuevo servicio revolucionario: "Crea tu avatar e interactúa con él/ella realmente, vive una experiencia ultrasensorial única".
Darío se quedó congelado procesando ese eslogan, pero no le hizo caso.
Se incorporó para ponerse a trabajar, era un lujo estar desde casa, siendo ingeniero informático podía desarrollar su labor desde allí sin problemas, aunque tuviera que personarse en la oficina un par de días.
Él desempeñaba una escenificación de videojuegos, creando los entornos, las voces, algoritmos que generaban el mundo "sobre la marcha" para que nunca hubiera dos partidas iguales.
Programaba redes neuronales que diseñaban mapas, mazmorras o planetas enteros respetando leyes físicas y estéticas coherentes.
Él era el arquitecto y la inteligencia artificial su herramienta.
Sumergido en su nuevo proyecto, no podía dejar de pensar en lo que había sucedido con el celular; estaba seguro de que había quitado el internet y lo había puesto en silencio... Sin embargo, esa idea se había instalado en su mente. Sentía su respiración profunda de desconcierto, mientras sorbía un poco de café que reposaba caliente en una taza de Batman, adoraba a ese súper héroe, quizá porque se sintiera como él, desposeído de lo mundano y oculto en su oscuridad. Mientras miraba hacia la mesilla donde se encontraba el dilema de su mente, ésta ya estaba maquinando algo...
Él vivía en ansiedad constante, los estímulos se le habían quedado cortos y necesitaba cada vez más y más, siendo una sensación de refuerzo intermitente que lo dejaba enganchado sin saber cómo salir de ahí. Así que, ¿por qué no crear a una mujer real irrealmente?
¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
Ya no iba a estar solo, porque iba a crear a una mujer que pudiera ser su acompañante en las noches en vela, calmando esa ansiedad que lo turbaba, alguien que no exigiera, no reclamara, que no lo juzgara y no lo manipulara, iba a ser su gran obra, más humana que lo humano de ese tiempo.
Tiempos convulsos repletos de ego y decadencia, una inhumanidad peligrosa apoyada en la apariencia y en la fragilidad del like. Tiempos en los que el amor había sido reemplazado por la búsqueda de atención constante, matando a la autoestima y consigo al alma, pues ya no habían personas, sino números reemplazados cuando había que ser responsable y dar algo.
"Elva R." ©️ 2026


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