Tocaron a mi puerta. Era tarde, aunque yo estaba despierta. Pregunté quién era, pero no obtuve respuesta. Decidí no abrirla. Sin embargo, de nuevo los golpes resonaron en ella; eran firmes. Mi decisión volvió a ser no abrir, y entonces se hizo un silencio; cuatro o cinco segundos… Esta vez, tres golpes, vehementes, rígidos, decisivos. El corazón se me aceleró, entre la intriga y el temor.
Pregunté quién era; no obtuve respuesta, sólo tres golpes, aún más fuertes y penetrantes, secos y distantes en su profundidad. Con temeridad, quité el pestillo, y la puerta se abrió sola. Ahí estaba, frente a mí; una figura alta, esculpida en músculo y rigor, un hombre grande enfundado en una túnica negra, cuyo cabello caía brillante y cuyos ojos resplandecían.
Estaba parado, observándome, silente, con respiración estrepitosa. En su mano izquierda sostenía un bastón, apoyándose con elegancia; en la otra, un gesto de invitación a ir con él. Era inquietante; el miedo se había transformado en curiosidad, nada más. No sabía quién era, pero estaba claro que era tan oscuro como el deseo de seguirlo. Presa de aquel hechizo, sintiendo que no podía pensar por mí misma, accedí y agarré su mano. Era caliente, y me estremecí al tocarla; seguía sin poder ser libre, sólo movida por el deseo de saber adónde me llevaría aquel ser…
Él cerró suavemente su mano, sin lastimar la mía. Sé que no debería, que no debería; era peligroso, peligroso.
Seguía sin poder ver su rostro, aunque su voz era una mezcla de dulzura ardiente y maldad latente; me envolvía sin que me diera cuenta. Su risa sonaba joven, aunque intuía que era de mediana edad. Lo que yo no sabía era que estaba sumido en la longevidad…
"Texto extraído del libro; fluir de conciencia, ©️ 2025" Elva R.

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