Sabía que era un sueño, por eso accedí. Él me hablaba con dulzura, con una voz profunda y oscura, a la vez suave y calmada. Me llevó entre esquelas de tiempo y relojes a un bosque donde las palabras ya dichas resonaban en su eco. Me dio a escoger una palabra; escogí paz. Entonces me tomó por la cintura, me pidió que cerrara los ojos, y al abrirlos contemplé un río en calma, un paisaje hermoso en primavera: pájaros cantando y revoloteando. Podía tocarlo todo: las flores silvestres, la tierra, los árboles…
De repente, en el río apareció una nueva palabra. Luego otra. Y otra más. Estaban escritas de un modo inefable sobre el agua. Él, al ver mi asombro, me ofreció de nuevo elegir una. Elegí felicidad.
Así fue como, al cerrar los ojos y volver a abrirlos, me encontré en un jardín distinto, esta vez nevado, en invierno. Parecía celestial. La tranquilidad del caer de los copos, tan delicados en su esencia… La brisa fría del silencio, entre la soledad devuelta en solitud. Era un frío elegante, sereno.
En la nieve se escribieron de nuevo palabras. Entonces le dije que escogía la palabra vida. Ya había comprendido la dinámica. Fue en ese momento cuando me miró, y su rostro se reveló. Sus ojos eran dorados, con un brillo tan limpio que resultaba casi imposible de mirar, pero yo lo miraba, intentando contemplar el alma que no hallaba.
Sus manos tomaron las mías. Ya no eran manos humanas: las uñas, largas, casi convertidas en garras; las venas, moradas, bajo una piel emborronada por una especie de suciedad que no era sucia. Su cabello era largo, negro azabache; su barba, tupida y pulida.
Yo temblaba, entre sollozos de miedo, realidad y desvelo. Tenía frente a mí a una bestia. De su espalda brotaron dos alas inmensas. Supe al instante quién era.
—No puedo llevarte —dijo con pena—. Me has mostrado tu alma con cada palabra: sus paisajes y tu anhelo, la melancolía que nace de ti, excelsa, pura y latente. Eres hermosa en la luz inmaculada que guarda tu corazón, reflejada en la delicada palidez de tu piel, como un jardín secreto cubierto de cristal helado.
Su expresión era de incertidumbre; sentía realmente cada palabra. Prosiguió:
—Fui enviado por el odio para encontrarte y arrebatarte todo lo bueno que tuvieras… pero no pensé que iba a hallar tanta inocencia y nobleza juntas.
Y así fue como me enviaron al diablo… y se quedó conmigo, enamorado.
Elva R. Texto extraído del libro "fluir de conciencia" ©️ 2025.

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