martes, 6 de octubre de 2026

Tria prima


 La noche pesaba en su atmósfera. Los lobos aullaban desquiciados por el hedor emanado de aquel cielo decadente, sumido en infierno, en tonos verdosos y amarillentos.

 Ella miraba desde un balcón aquella escena. Su semblante era el reflejo de la estupefacción de lo inefable.


  Había estado llorando durante días, sin comer, sin salir, gritando el alma en un despojo de piel y martirio, los gloriosos recuerdos que hoy eran sangre en el pecho.

 La locura se había instalado en su mente, o así lo pensaba en su lecho buscando la muerte, no alimentando el cuerpo, no nutriendo su espíritu, no cultivando su psique, desregulando aquel eje perfecto, sinérgico en una esencia mística y atrayente.

 La plata que adornaba su piel se derritió, manchando la blancura que de la pureza nació. 

 Era ese olor, esa densidad lóbrega, esa sensación de ahogo que había penetrado sus sentimientos hasta licuefacer cualquier cosa y fue así como el suelo rompió sus huesos.

 No habían barandas, no había hierro que aguantara, no existía la bondad en aquel conticinio embrujado, tan sólo la desdicha de lo llorado.

 Seguía viva en su agonía, observando aquella luna de azufre y su armonía, tria prima que de sulfur, Mercurio y sal quemaba en aquella alquimia que de transformación se vestía. 

 Kenji Miyazawa: «Debemos aceptar el dolor y quemarlo como combustible para nuestro viaje.» 


 "Elva R" copyright 2026

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