Temerosa fui a cerrar el gran ventanal que daba luz a mi recamara. Era grande y redondeado, elegante en su forma, como la estancia donde yo descansaba.
Era de noche y el viento rugía con tal vehemencia que movía todo.
Lo cerré con fuerza y mis ojos atisbaron a lo lejos algo moverse rápidamente, quizá fuera el aire, o mi imaginación. Yo volví a la cama, estaba exhausta.
La luna vestida de plata me contemplaba entre las nubes que corrían silentes en aquel espacio adornado de estrellas ancestrales, sin embargo... Algo de nuevo me hizo sobresaltar, y el corazón se subió a mi garganta sin dejarme apenas respirar. ¡Había visto a una bestia de incalculables dimensiones con mis propios ojos! Peluda, con mirada vibrante empañada en una rojez tremula... Estudiando mis proporciones, seguramente para comerme. Grité, en medio del nerviosismo grité, y aquella imagen feral, se disipó, pero estaba ahí, esperándome...
Mi tío abrió la puerta del cuarto rápidamente, con un candelabro en su mano derecha y un sirviente detrás, intentaban no mirarme por respeto; una mujer joven, voluptuosa ataviada en un camisón largo de un rosa pálido y trasparentoso, en su lecho en el conticinio...
— Ari, ¿qué sucede? ¿Por qué gritas?—.
— ¡Lo he visto tío, está ahí fuera!— decía temblorosa—. — ¿Qué hay fuera cariño?— El hombre incrédulo no sabía qué sucedía.
— ¡El monstruo de los ojos rojos peludo! —. Decía gritando entrecortada, con respiración jadeante. — Ettore, ve a la despensa y trae agua de azahar, necesita tranquilizarse, llama al guardia y al jardinero, hay que inspeccionar la zona con cautela, avisa a Mary para darle un baño relajante a Ari.

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