jueves, 22 de enero de 2026

Edgar


 

 Era un perro grande y hermoso, con un pelaje abundante, bicolor, negro y blanco, no tenía raza y eso le hacía libre, en el sentido de tener que comportarse de una manera basada en expectativas; listo y ávido, pero a veces obcecado, creyendo que todo podía conseguirlo, su raza era el ego cruzado.

 No era bondadoso, no era malo, simplemente, interesado, eso lo hacía ambivalente e impredecible, poco fiable según el trato.

 Él jugaba en un jardín donde imaginaba el exterior, y comenzó a cavar para poder conocer lo que tanto ansiaba y anhelaba, no aceptar normas, correr y saltar en el barro, perseguir a otros animales y descansar exhausto bajo el sol o ponerse en la sombra buscando el frescor.

 Por fin llegó el día, en el que pudo crear un agujero tan hondo como el deseo que albergaba en su interior, por fin era manumiso, estar encerrado se acabó.

 Pudo recorrer sin problemas y con la guía de su olfato el pequeño pueblo que habitaba. 

 Edgar, que así se llamaba se hallaba contento, y así fue, con el rabo levantado como se adentró en la naturaleza; comenzó a brincar eufórico. Los árboles eran tan altos como el cielo soleado que adornaba el mediodía, dando abrigo al otoño que se encontraba en la mitad de su ciclo; hojas crujían coloreando la tierra con diversos tonos anaranjados y amarillentos, movidas por una incipiente brisa, Edgar se metía debajo de ellas y disfrutaba de aquello, transcurriendo el tiempo hasta tornarse la tarde.

  El perro se encontraba cansado y decidió buscar un lugar donde resguardarse, y justamente cuando iba a posarse vio un ave que le llamó la atención... La observaba con esmero; aquel cuervo, un "corvus moneduloides", era precioso, tan negruzco como el azabache, brillante, con un pico fuerte, era joven.

 Edgar estaba curioso, pero, no era una curiosidad cualquiera, quería tener a ese cuervo para él, su instinto y el hambre nublaron su pensamiento, haciendo que fuera hacia él, subestimando que el ave podía volar y llegar a ser inalcanzable. No se detuvo, el pájaro tampoco, emprendiendo el vuelo, y fue entonces, cuando el can dio un salto sin juicio previo cayendo por un acantilado, rodando, rodando, rodando, hasta quedar sin vida, siendo devorado por otros cuervos que esperaban.


 La impulsividad puede desencadenar en un trágico final, el deseo sin conciencia, el escape de la estructura y el falso pensamiento de libertad es efímero en su sistema de elocuencia interior, prácticamente, porque carece de esta.

 Mientras que el impulso es reactivo, siendo anulado el pensamiento crítico y analítico del entorno subyacente de pros y contras, la observación, la cautela, la prudencia y paciencia pueden llevarte a una recompensa inesperada, guiando esa mentalidad hasta lo que se quiere conseguir.

 

 

Quien no tiene paciencia no tiene posesión de su alma. (Francis Bacon)

2 comentarios:

  1. Me tenía alucinado el inicio del relato, por un instante, casi parecía la formulación de las ideas del mismo director de Psicosis, hasta que llegue al final, el trágico final

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  2. Espero que lo hayas disfrutado, te agradezco enormemente tu comentario y como siempre, tu atención y tiempo 🤍🌹.

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