Era un carrusel antiguo, de madera, de color negro, donde giraban al ritmo de una melodía unos caballos azabaches.
En la noche, uno de los caballos observaba al exterior; estaba cansado de dar vueltas y vueltas, de sentirse preso, sin poder galopar, sin poder disfrutar de la naturaleza. Se preguntaba cómo sería la sensación de pisar la tierra, el olor de los árboles, alejado del viejo barniz que daba brillo a su condena.
Ya se encontraban parados, la gente se había ido.
En el conticinio adornado de estrellas, el caballo curioso cada vez se sentía más vivo internamente, más deseoso de salir de aquel bucle. Sus compañeros no decían nada; él a veces se sentía confuso, porque no sabía si podían albergar emociones como él.
Atisbó una estrella fugaz y pidió un deseo: poder soltarse de aquello a lo que estaba aferrado y, de repente, en ese instante místico, comprobó que podía moverse… Era una sensación extraña; había rigidez en sus patas, pero, aun así, pudo articularlas. Una emoción cálida afloraba desde lo más profundo de su ser, ya que notaba por primera vez cómo un corazón latía, cómo en él había energía, y así, con un batir acelerado y emocionado, rompió el poste que atravesaba su cuerpo y comenzó a galopar. No podía creerlo; daba vueltas sobre sí mismo, movía la cola, relinchaba, y tras esa felicidad se paró por un segundo, viendo que sus compañeros también podían salir de ahí. Sin embargo, no se movían; estaban vivos y seguían fijos en el tiovivo. El caballo atrevido se acercó a ellos, incrédulo, intentando animarlos a salir; sin embargo, no hacían caso y seguían allí, pétreos y temerosos.
El corcel decidió salir al trote; no podía esperar más.
Respiraba el petricor; se hallaba perplejo ante tanta hermosura. Estuvo parado un rato, notando cómo algo caliente bajaba de su abdomen: era un líquido rojo vibrante, vívido. No entendía lo que estaba sucediendo. ¿Por qué le ocurría eso? Cayó al suelo a consecuencia de una terrible debilidad.
Su sueño se había cumplido, tras años de espera; sin embargo, ya era tarde.
Los sueños se persiguen sin dejar pasar el tiempo; las limitaciones se aceptan. Lo que se desea puede ser una trampa si no está consolidado con la capacidad. Si pierdes el tiempo soñando, puede ser demasiado tarde.
“Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo.”
Goethe
“Elva R.” ©️ 2026

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